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Tribuna:

Aguando voces

LUIS DANIEL IZPIZUA

Quisiera ser divertido para darle gusto a mi amiga Maite, que asegura agradecer mi chispa y reírse a gusto con mis artículos. Pero estoy desconcertado, y se me han ido las ganas de reír. En realidad, no sé con exactitud de qué voy a poder hablar en esta columna. No quisiera hablar de lo nuestro, de lo de siempre, pero sé que debo hacerlo. Mi problema radica en que ignoro qué voz debo utilizar. Si dejo a un lado los reparos, levanto la cabeza, miro a la pared blanca y dejo vagar libres mis ideas, estoy convencido de que podría resultar incendiario. Por otra parte, me pregunto qué sentido tiene tratar de ahogar una reflexión sincera, por parcial que sea, y que no pretendería reflejar otra cosa que un estado de opinión. Sería algo así como asumir de entrada una culpabilidad cuya condena es el silencio. Entendámonos, no el silencio activo, sino el silencio como castigo.

Me cuesta admitir que todos sean iguales, que todos seamos iguales. Lo he oído decir repetidas veces estos días y he tenido que reprimir otras tantas un impulso de protesta. Sé que el tema está muy manido, pero permitan que me retrotraiga a la famosa manifestación de Vitoria. Estuve allí. Y lo vi todo. Presencié el paso de las tres secciones que la conformaron y, fuera cual fuera aquella a la que finalmente me incorporé, no peco de parcialidad si aseguro que las actitudes no fueron comparables en todas ellas. La parafernalia banderiza y los gritos monocordes y constantes de la sección nacionalista eran más propios de un incalificable acto de exaltación del líder que de una manifestación de protesta por un asesinato. Si el cortejo se hubiera limitado a aquella sección, nadie hubiera podido concluir que lo que allí se hacía era condenar un crimen. Vi gente alucinada en las aceras ante aquel desfile. Y me temí lo peor. Es decir, me alarmé ante la posibilidad de que los que venían detrás gritaran lo mismo pero en sentido contrario, que aquella manifestación se hubiera convertido en un plebiscito sobre Ibarretxe. Pero no fue así. Afortunadamente, entre los que venían detrás los gritos contra Ibarretxe eran muy aislados, y lo que sí se palpaba era el asombro ante el bochorno de lo que ocurría por delante.

Todos sospechábamos que Fernández, aquel desliz de campaña de Ibarretxe, lo iba a tener algo crudo en esta legislatura. La realidad ha dejado chicos nuestros temores, y la candorosa torpeza de inexperto se nos ha revelado ser una falla de la conciencia por la que se deslizaban viejos monstruos. Y nuevos. Tras haber sido nombrado, a Fernández se le señaló su lugar. Nada con Férnandez, y al viejo compañero cicloturista se le reprochó que su bicicleta era prestada. ¿De qué sorprendernos si Fernández protesta y nos enseña la factura y el certificado de garantía de su bici? ¿Podemos ser tan cínicos como para quejarnos de que proteste y echarle sobre los hombros la carga de la desestabilización del país? ¿Tan déspotas como para negarle la existencia misma y considerarlo un invento del Cesid?

Algo hemos ganado, sin embargo. Hablando con esa misma Maite a la que le hago tanta gracia, le comenté que nunca antes las cosas habían estado tan mal, pero ella me atajó diciéndome que hubo épocas peores y que durante la transición los socialistas eran aquí tratados como apestados. Recordé aquel mitin de Felipe González en la Facultad de Derecho y tuve que darle la razón, aunque puntualicé que aquellas broncas eran peleas entre militancias y que el enfrentamiento se abría ahora entre los paisanos de a pie. Pero algo hemos ganado, en efecto. Hemos ganado el "¡todos son iguales!" de quienes ven los aberrantes saltos de los suyos, de aquellos para quienes antes no todos eran iguales, sino que partían de la certeza de que unos -los suyos, los nacionalistas- eran los buenos, mientras que los otros eran una rareza a soportar, a acallar, a dejar que se extinguiera con el tiempo.

Y hemos ganado también algo más: que nuestro Gobierno sea tratado como tal, y no como una emanación del espíritu que sobrevuela las responsabilidades. Anclado ya en el terrenal mundo, ahora sabemos que el Gobierno de aquí también es criticable. Lo que nos queda por saber es si es capaz de encajar la crítica y actuar en consecuencia. Sin plazas de Oriente, por favor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000