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Reportaje:

Hambre, hedor y suciedad

"En la época en que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de ratas; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales". Juan Ignacio Carmona, profesor titular de Historia Moderna en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, inicia su libro Crónica urbana del malvivir (s. XIV-XVII). Insalubridad y hambre en Sevilla con esta cita. Se trata de un fragmento de la novela El perfume, de Patrick Süskind.Es una cita que se puede aplicar perfectamente, según Carmona, a la Sevilla de los siglos tratados en su libro. Y para rematar la faena Carmona hace uso de nuevo de la exitosa novela de Süskind al dar cuenta de un mundo que puede resultar incomprensible al hombre contemporáneo. "Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos... El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno".

Tras este comienzo, el profesor Carmona relata las duras condiciones de vida de la mayoría de los sevillanos en una época que muchos relacionan con el máximo esplendor de la ciudad. "No quiero que se asocie el contenido del libro con los sectores marginales: mendigos, indigentes... El libro se refiere al pueblo de Sevilla, a la masa de gente humilde, sencilla... He querido aproximarme a la realidad cotidiana de la gente corriente", explica Carmona.

"Nos cuesta mucho trabajo creer que la realidad fuera tal y como los documentos de la época ponen de manifiesto. En mi libro no hay ni una sola utilización de fuentes literarias. Todo procede de una investigación de archivo. Otros autores han utilizado como fuente textos de la novela picaresca y el teatro del Siglo de Oro. Yo no hago esto porque parto de la base de que la literatura es ficción, invención de un autor", continúa el profesor.

El libro, que ha sido editado por la Universidad de Sevilla, dibuja una ciudad de callejas estrechas y tortuosas en la que los jardines y los patios estaban al alcance de una minoría. "Normalmente se hace una historia de Sevilla en un sentido muy folclórico. Se resaltan determinadas situaciones de las que sólo se beneficiaba una minoría muy pequeña. Por ejemplo, al hablar de la casa sevillana viene la imagen de una casa con patio y fuente. Eso era prácticamente inexistente. La vivienda típica de la Sevilla de esa época era el corral de vecinos, que era un cementerio de pobres donde vivía gente hacinada", explica Carmona.

"Sevilla y casi todas las ciudades de esa época eran lugares muy sucios, dominados por la insalubridad... Había basura por todos lados. Era relativamente normal encontrar animales muertos en la calle, desechos de comida... El resultado era un olor insoportable, una fuente de enfermedades. También había una falta de limpieza corporal en la gente. Los médicos decían que la utilización del agua debilitaba porque abría los poros del cuerpo y facilitaba contraer enfermedades", agrega el profesor.

"Los médicos llegaron a denunciar los baños públicos por utilizar el agua. También por motivos de moralidad, ya que se asociaban a lugares de vicio y perdición. A finales del siglo XVI desaparecieron, prácticamente, todos los baños públicos", indica.

Perros y cementerios

A veces se producían situaciones dantescas. Los cementerios estaban situados dentro de la ciudad y eran, en ocasiones, tan precarios que los perros husmeaban en la superficie para sacar los cadáveres. "Puede parecer exagerado pero no lo es. La gente era enterrada en las iglesias o en las proximidades de éstas. En el siglo XVI faltaba espacio. No se sabía qué hacer con los cadáveres. Algunos muertos enterrados casi en la superficie generaban un olor nauseabundo", señala Carmona.

"La pobreza afectaba a tres cuartas partes de la población sevillana. Al hablar de pobres no hablamos de marginados sino de gente sencilla que vivía con gran precariedad. Había momentos en que escaseaba el pan, lo que producía situaciones trágicas. Con todo, lo normal era el hambre cualitativa: una alimentación deficiente, monótona... En la portada del libro, que muestra un fragmento de un cuadro de Velázquez, aparece esa alimentación monótona: pan acompañado de vino, alguna hortaliza y salazones", dice el profesor.

Carmona quiere desmitificar en parte las épocas más gloriosas de Sevilla. "Hasta hace relativamente poco tiempo se ha resaltado el esplendor del siglo XVI. Y se ha visto el XVII como un siglo maldito, marcado por la decadencia y la pobreza. Cuando nos acercamos a la realidad cotidiana de la población, vemos que hay una continuidad. No se puede decir que la sociedad del siglo XVI fuera rica y esplendorosa, sino que hay una continuidad con la pobreza del siglo XVII", concluye.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000

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