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ASÍ HABLA... La copla andaluza (1) Un andaluz que vibró en el filo del cuchillo

Si los designios de amor de la copla se hubieran cumplido, ya no quedaría amor para nadie. Todo lo habrían consumido esos arrebatos asonantados (sólo Rafael de León, incansable poeta popular, escribió más de un ciento). Por suerte para los demás, casi todos fueron barridos por los ciclones del desespero, los falsos juramentos, las maldiciones gitano-evangélicas, y todo fue quedando en ríos de nostalgia incurable arrastrándose de mostrador en mostrador. Menos mal. La semana pasada, a propósito del lenguaje de las sevillanas antiguas, aludimos a lo que podría constituir una sub-norma específica para la lírica cantada en andaluz, apoyada en tres pilares que a la vez son vasos comunicantes: el folclor (lírica tradicional; sevillanas, romances, canciones infantiles...), el flamenco (lírica artística, aunque anónima las más veces), y la copla (lírica popular, de autor casi siempre). Hoy haremos un primer acercamiento a ese complejo fenómeno, a través de su vertiente más sentimental, la copla o canción andaluza.

Por alguna razón inexplicable, además de las muy explicables de la mercadotecnia, el año 1999, y todavía buena parte del 2000, nos trajo un turbión de recuperaciones en el universo coplero.

Carlos Cano se mantuvo arriba con sus pioneros arreglos; los ciclos retrospectivos volvieron a llenar los teatros; se sucedieron los homenajes a los auténticos genios de esta modalidad -aunque injustamente deslucido el de Rafael de León-; once músicos sinfónicos, convocados por la SGAE, se unieron para hacer una versión orquestal de las más famosas creaciones del maestro Quiroga, otro genio de este arte sincrético de masas; y, finalmente, un disco, Tatuaje, significó un controvertido homenaje de 14 cantantes actuales al imperio, ya parece que imperecedero, de la copla.

De cómo se regresa de la generación de Eduardo Aute, Ana Belén y Joaquín Sabina, a la de Marifé de Triana, Concha Piquer o Juanita Reina, es para nosotros un misterio impenetrable.

Algo tendrá que ver -nos arriesgamos-, la necesidad de redimir a la copla de su mala fama franquista, aunque algunos intérpretes hicieron de buen grado el triste papel de adalides populistas del régimen, casi siempre con materiales híbridos: la copla aflamencá, el flamenco folclorizado... O acaso es una purga que necesitamos hacerle a nuestra educación sentimental reprimida. ¿Quién sabe?

Lo único cierto en este panorama resbaladizo es que nada de todo eso hubiera sido posible sin un soporte lingüístico muy especial, el de un andaluz adaptado para la ocasión, que también vibró en el filo del cuchillo -el cuchiyito, habría que decir-, entre el tipo y el estereotipo, la autenticidad y el cartón piedra.

El próximo día nos meteremos un poco más en el código de ese andaluz inexcusable, el de la salusita de la mare mía, loh sarsiyoh fino y los ojoh clavaítoh en el corasón .

A. R. ALMODÓVAR

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000