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Un libro recrea la vida del espía soviético Quiñones

El enigmático agente de la Komintern Heriberto Quiñones fue fusilado en Madrid en 1942 por la dictadura de Franco, atado a una silla, paralítico, con la columna vertebral rota por las torturas. Sólo movía la cabeza, los ojos y la lengua y en la tapia gritó: "Viva la Internacional". Su partido, el PCE, le denostó durante décadas, lanzó el fuego de la sospecha sobre su verdadera personalidad y le censuró por "aventurero, audaz y sin escrúpulos", en su actuación para reorganizar en la inmediata posguerra a los comunistas supervivientes, para socavar el nuevo régimen que había derrocado a la República. El historiador David Ginard da a conocer su libro Heriberto Quiñones y el movimiento comunista en España (1931-1942) (Compañía Literaria-Documenta), que traza el perfil y la peripecia política del controvertido personaje. Ginard aporta como novedad la reconstrucción de la detención, declaraciones policiales, material de la organización clandestina y la causa del consejo de guerra contra quien fue máximo dirigente interior del PCE. Esta tarde, en Madrid (Crisol de Galilelo 110), Antonio Elorza oficiará de presentador de la publicación.

Paul Preston escribe en el prólogo que "el libro se lee como una novela de espías" y afirma que Ginard "ha iluminado uno de los mayores misterios de la historia española de los años 30 y 40". Quiñones nació en 1907 en Moldavia pero nunca desveló cómo se llamaba realmente. Llegó a España en 1932 como delegado de la III Internacional, y conspiró sucesivamente en Asturias, Valencia, Mallorca, Menorca, Cataluña y Madrid. Políglota y revolucionario de oficio, fue un sin patria experto -usó muchas identidades y acentos- y un agitador heroico y despótico. Alguna vez argumentó contra un adversario que no entendería otra razón que el plomo. En 1934, dijo que "el régimen soviético terminaría con el hambre, la miseria y la opresión".

A Quiñones, muchas veces detenido, enfermo carcelario de tuberculosis, se le anticipó la tragedia cuando en 1936 fue ejecutada por los militares rebeldes su compañera, la también mítica dirigente comunista mallorquina Aurora Picornell, que estaba embarazada; ambos tenían una hija, Octubrina Roja, que la verdad católica del franquismo rebautizó como Francisca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000