Por primera vez en la historia, un presidente norteamericano se dirigió a la Duma (Cámara baja del Parlamento) y, a través de ella, a todos los rusos, que pudieron seguir su discurso por televisión. Casi sin leer, con un tono que alguna vez parecía ponerle al borde de las lágrimas, señaló que el tránsito de Rusia hacia la democracia y la economía de mercado es uno de los acontecimientos más importantes de los que ha sido testigo en su vida, y sin duda marcará la historia del siglo XXI. Estados Unidos, añadió, ayudará a Rusia a recorrer ese largo y complicado camino.
Los diputados, que escucharon al presidente de EEUU expresar muchas opiniones con las que no comulgan, retribuyeron su puesta en escena con aplausos corteses, aunque no entusiastas. Clinton insistió en que quiere una Rusia fuerte, próspera, libre, democrática, integrada en las estructuras económicas, políticas y de seguridad de Europa y capaz de entenderse con Estados Unidos. "El mundo que deseamos sólo puede existir si EEUU y Rusia están en el mismo lado de la historia", dijo. "Lo que los norteamericanos debemos preguntarnos no es lo que podemos hacer por Rusia, sino lo que podemos hacer con Rusia para avanzar en el interés común".El presidente de EEUU aludió al tema clave de la cumbre, sobre el que no ha habido avances sustanciales, al defender la necesidad de que su país se dote de un sistema antimisiles para defenderse de países potencialmente terroristas. Precisó, no obstante, que eso no tiene por qué socavar, como teme Moscú, las raíces del tratado ABM anticohetes balísticos -aunque obligaría a enmendarlo- ni poner en peligro la estabilidad estratégica y el proceso de desarme.
Clinton afirmó que tendrá que decidir pronto sobre la miniguerra de las galaxias y que pretende que otros países participen en el proceso, en referencia al menos a la propia Rusia y a Europa Occidental.
Clinton señaló como logros importantes de su cita en la cumbre con Vladímir Putin los acuerdos para crear un centro de detección temprana del lanzamiento de cohetes y de reconversión de 68 toneladas de plutonio susceptibles de facilitar la fabricación de miles de armas nucleares. Defendió la actuación de la OTAN en Kosovo -una herida que sigue abierta- y criticó "como amigo" una guerra, la de Chechenia, que causa demasiadas muertes de civiles sin que haya ni rastro de que se busque una solución política. También prometió respaldar la candidatura de Rusia al ingreso en la Organización Mundial de Comercio (OMC), que ya abre sus puertas a China, con objeto de que se supere la anomalía de que sea el único gran país industrializado que queda al margen de este sistema económico global. Al mismo tiempo, puso énfasis en la necesidad de combatir la criminalidad y la corrupción, que dificultan esa integración, y pidió expresamente a los diputados que saquen adelante una legislación eficaz contra el blanqueo de dinero, cuyos largos tentáculos llegan incluso a EEUU.
Su valoración sobre el actual rumbo económico fue positiva. Hizo notar que sus efectos favorables se empiezan a apreciar en la mejora de las condiciones de vida de la población, pero aconsejó que se reduzca la excesiva dependencia del petróleo y, en general, de las materias primas. Es precisamente gracias al aumento espectacular del precio internacional del crudo por lo que la economía de Rusia ha podido despegar desde la crisis de agosto de 1998.
Tono paternalista
Por contenido y por tono, fue un discurso de tono paternalista que, por ejemplo, hizo exclamar al ultranacionalista Vladímir Zhirinovski: "Que levante el bloqueo de Irak, se retire de Yugoslavia y deje de intervenir en los asuntos internos rusos".
Antes de abandonar Rusia rumbo a Kiev (Ucrania), Clinton visitó al ex presidente Borís Yeltsin en su residencia campestre de los alrededores de Moscú, una de las prebendas con que le retribuyó Putin cuando recibió el poder en bandeja de plata la pasada Nochevieja. En Gorki-9, en torno a unas tazas de té y unos bollitos preparados por Naína Yeltsin, el tono fue mucho más distendido, amistoso y familiar que durante las entrevistas oficiales de la cumbre. Después de todo, se trataba de una reunión entre amigos.
"Fue como en los viejos tiempos", destacó el líder norteamericano, que hace años que llama "Borís" a Yeltsin, quien se dirige a él como "Bill". Algo difícil de imaginar con un Putin de mirada glacial, cuyas sonrisas son más raras que los unicornios, correcto siempre con su huésped, pero sin llegar a la cordialidad, y al que probablemente no le merece la pena tomarse el trabajo de estrechar lazos personales con un presidente que tiene los días contados en la Casa Blanca.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000