La prensa rusa era ayer pesimista en su valoración del resultado de la cumbre ruso-norteamericana. "Los problemas no han sido resueltos", señalaba Vremia Novosti. "Una visita innecesaria", apuntaba Vedomosti. Las dos partes se mantuvieron en sus posiciones de partida sobre el tema clave de la cita. Clinton insistió en su plan de escudo antimisiles, que obligaría a enmendar el tratado ABM de 1972. Putin admitió como hipótesis de trabajo la existencia de una amenaza procedente de Estados potencialmente terroristas, pero hizo notar que puede ser peor "el remedio que la enfermedad".
El propio Strobe Talbott, subsecretario de Estado norteamericano y gran negociador sobre este contencioso, aseguraba el domingo por la noche que Putin dejó muy claro que el proyecto norteamericano "puede minar la estabilidad estratégica, amenazar la capacidad de disuasión rusa y provocar una nueva carrera de armamentos".
El documento sobre estabilidad estratégica firmado por ambos presidentes deja, en cambio, una puerta abierta al compromiso al aludir a que la amenaza que supone la proliferación de armas de destrucción masiva y de sus medios de transporte, incluida la tecnología de misiles, puede ser conjurada "a través de los actuales y de posibles nuevos mecanismos internacionales".
Diez años
En su introducción a la conferencia de prensa, Clinton dijo que había constatado con Putin que el tratado ABM prevé la posibilidad de cambios en el panorama estratégico "que podrían requerir su actualización". Posteriormente, en la entrevista concedida a la emisora Eco de Moscú, reconoció que la contrapropuesta rusa de un sistema basado en misiles tácticos, el cerco a los "Estados delincuentes" y el derribo temprano de los cohetes está lejos de ser descabellada, pero exige 10 años para desarrollarse, justo el doble que el plan del Pentágono.
Cuando menos, Putin ha aceptado el principio de que el ABM no es intocable, lo que abre paso a la posibilidad de modificaciones si hay contrapartidas, que sólo podrían llegar en la próxima negociación del tratado START III de reducción de armas estratégicas. Rusia quiere reducir el techo a no más de 1.500 cabezas atómicas por país, más incluso de las que será capaz de manejar con garantías en los próximos años, habida cuenta de sus dificultades económicas. El punto de partida de EE UU sigue siendo de entre 2.000 y 2.500. Clinton dice que rebajar esa cifra obligaría a cambiar los planes del Pentágono. "Estoy dispuesto a ir por debajo de esos niveles, pero también quiero una respuesta a la nueva amenaza". La que, supuestamente, puede llegar en el futuro de Corea del Norte, Irán, Irak e incluso Libia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000