Cuando hace tres años visité la ciudad de Lima, en Perú, presencié cómo yacía en el suelo el cadáver de una persona junto a un semáforo; nadie se paró para mirar, todo el mundo seguía su camino con una indiferencia y una inmunidad que me dejaron helada. Llegué a la conclusión entonces de que en aquel país la vida valía demasiado poco, y me sentí aliviada al pensar que yo pertenecía a un mundo con un mayor respeto hacia la muerte.Durante unos días, Tele 5 ha emitido en sus informativos unas imágenes. Dos guardias civiles arrastran el cuerpo de un inmigrante por los brazos, boca abajo; la cara, pegada a la arena, va dejando un surco profundo. Uno, dos, tres metros de estela que da vergüenza mirar.
He cambiado de opinión. En este país, no todas las vidas valen lo mismo y el respeto varía con cada muerte. La dignidad no va inherente a las personas. Va con el color de la piel y en el color del dinero. Se protege a la infancia y a la Guardia Civil con rectángulos negros en los ojos. Pero se ofrece en las sobremesas cuerpos sin vida, casi desnudos, de desconocidos sin nombre que van tragando arena aun después de muertos.
Que se trate a estas personas con el cuidado que merecen. Que no se arrastre a nadie de ese modo. Pero si no es así, si la caridad distingue, que al menos los medios de comunicación les guarden su derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen, y les hagan merecedores del distinguido rectángulo negro o de una gran mancha que emborrone tanta befa.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000