Llegar a Colmenar en autobús desde Madrid, tras rodear el pueblo serrano y entrar por poniente, da un sosiego y claridad mental, que conviene al espíritu y la pupila, que se templan muy bien con un paseo hacia la plaza entre piedra veraz, árboles y la zona ferial, dormida a esas horas a espaldas del coso: por fuera un campo de fútbol y en sus entrañas arena torera y tantos sueños.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 29 de agosto de 2000