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LA CRÓNICA

Soler & Soler

Toti Soler vive en un pueblo del Baix Empordá con muchos restaurantes, en una calle estrecha y con nombre de insecto. A veces sale a dar una vuelta en bicicleta y graba el canto de los pájaros o el fragor de los truenos. Además de compositor, es uno de nuestros más prestigiosos guitarristas. Acaba de publicar un disco compacto titulado Cançons, que incluye canciones propias y poemas a los que ha puesto música, con delicada sensatez, su padre, Jordi Soler Bachs, médico de profesión. A principios de los setenta, Toti publicó un disco fuera del tiempo: Liebeslied. Eran temas folk que había hecho cuando tenía 16 años sobre poemas que su padre le sugería (Vinyoli, Manent, Vergés, Palau i Fabre). Y fue su padre -y dale- quien insistió en que las grabara. 'Raimon y Pi de la Serra me dejaron unas guitarras y Enric Gispert un magnetófono. Lo grabamos de un tirón, más por quitarme a mi padre de encima que por otra cosa', recuerda. Luego, han sido muchos los artistas que han incorporado a su repertorio Em dius que el nostre amor o Petita festa. Como a los dueños de aquella grabación no les interesó reeditarla, ha optado por rehacerla en su estudio casero y el resultado es, créanme, muy recomendable.

Toti Soler acaba de publicar un disco titulado 'Cançons' con temas propios y poemas a los que, con delicada sensatez, ha puesto música su padre, Jordi Soler Bachs, médico de profesión

En casa de los Soler la música es un asunto familiar. Maria Galí, su madre, que murió cuando Toti tenía cinco años, era una gran pianista amateur, hija del pedagogo Alexandre Galí. Su abuelo paterno tocaba el cello. Su padre todavía lo toca. Su bisabuelo fue un cantante de ópera que, quizás para figurar en lo alto del cartel, se hacía llamar Angelo Angiolotti. Su hermano Martí también toca. Con sus hijos Alexandre y Laia, piensa grabar un disco compacto de canciones populares. Si tuviera perros, ladrarían a coro. En un tiempo en el que se llevaba ser autodidacta, Toti inició una carrera que combinó el estudio con azarosas aventuras de cuando el mestizaje no era una moda: 'Hoy parece más una etiqueta oportunista, como cuando tocaba ponerse el pañuelo palestino'. Su currículo describe una topografía propensa al impulso y al azar. Veamos: su primer grupo fue raptado por una discográfica que le añadió la voz de la famosa Jeanette, lo bautizó como Picnic y lo vendió como placebo para fiebres juveniles. Al ver que estudiar guitarra en el conservatorio era llorar, se marchó a Londres y se inscribió en el Spanish Guitar Center (le tomaron por loco). Irónico, Toti repite dos frases del maestro Halffter: a) 'Ser músico en España es como ser torero en Suecia' y b) 'la mejor salida para el músico español sigue siendo la de Irún'. Luego fundó OM, un grupo que veneraba al dios Miles Davis. Estudió guitarra en Andalucia, descubrió en el flamenco la ventana hacia músicas no anglosajonas y conoció a Ovidi, al que, dicen, acompañó. 'Yo no acompaño: colaboro. Con Ovidi trabajé de un modo regular. Fue como mi hermano mayor. Escribí la música de muchas de sus canciones, hice los arreglos y, en cambio, se me ha ignorado de un modo espantoso'. No hay rencor en su tono de voz, pero puede que, hace tiempo, sí lo hubiera.

Sus colaboraciones con diferentes intérpretes le permitieron vivir la mejor época del Zeleste y, un día, en los camerinos del Palau, conocer a Léo Ferré. 'Me valoró como nadie me había valorado, probablemente porque era músico'. Pero los tiempos de vacas gordas pasaron. 'Durante el franquismo, los cantantes dieron la cara. Con la democracia, los políticos les dieron la espalda'. En los peores momentos, se agarró a clavos ardiendo: la esperanza, los hijos o las ofertas que le llegaban desde Suiza, país con el que ha establecido una sólida relación. Otras veces fue el estudio o algún milagro, como cuando apareció Bach, que le ayudó a completar un andamiaje guitarrístico con nudos de racionalidad e intuición, de alma y técnica. Ahora participa en la promoción de la integral de Ovidi, pero no es muy amante de remover el pasado ni de explotar la nostalgia. 'Prefiero el futuro', dice. Y el futuro es un nuevo proyecto con Esther Formosa, el disco con sus hijos, otro de guitarra con temas propios y un cuarto con obras de Bach. Se le ve tranquilo, sereno, concentrado. Cuando llueve, sale a grabar el ruido del agua. 'Durante 35 años, los medios de comunicación me han regalado una espléndida y maravillosa indiferencia. Pero lo que más valoro es la tranquilidad de saber que no le debo nada a nadie. Lo que tengo no se debe a la promoción, sino a mi trabajo'. Se pone un sombrero de jubilado francés y me acompaña hasta el coche. Nos despedimos. Por el retrovisor, le veo mirar el cielo. Probablemente está tarareando una napolitana de su admirado Roberto Murulo o pensando que tiene que llamar a su padre para cenar y hablar de música. De música, siempre de música.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001