En la era de la clonación y las telecomunicaciones, una avalancha de hombres, mujeres y niños irrumpe todos los días en nuestras ciudades y costas. Se trata de individuos que llevan consigo la escala antigua de lo humano, de una era anterior a la realidad virtual, y una desnudez que nos sitúa ante la humanidad que fuimos y hoy parece olvidada o lejana. Los titulares de prensa les llaman 'oleadas', como si se tratara del vaivén cíclico de las mareas o las cosechas, de las lluvias o los moluscos. Sólo que si a estos últimos los determina la ley de la naturaleza, los náufragos de esta aventura están regidos por la Ley de Extranjería. Una ley delatada en su propio nombre, puesto que en realidad debería llamarse, y ser, ley de ciudadanía. Todo ello aderezado con una campaña policial e informativa que se dedica a atizar la alarma ante esos seres humanos, vivos o muertos, que inundan cada día nuestros territorios y se presentan, de súbito, como un recordatorio al pretendido mundo global que llega con más puntualidad que el más sofisticado de los correos. Estos navegantes singulares tienen un problema: no cumplen los requisitos internacionales de estandarización y, por si fuera poco, la única fortuna que poseen es, cuando la tienen, el precario artefacto por el que entran a la globalización a través del océano; sea una balsa o una patera, una embarcación primitiva o el dinero pagado a las redes mafiosas.
En medio de la falsa igualdad que propone el proyecto global, comienza a surgir este archipiélago humano que monta y desmonta la geografía de las naciones como se monta y desmonta una tienda de campaña después de haber quedado fuera del mundo. Frente a la estandarización global que impone Occidente hacia otras costas, pero también frente a las murallas que levantan los campeones de las almas nacionales, surgen estas respuestas que convierten al primer mundo en un espacio 'multiperiférico' y 'tercermundista'. Esas 'oleadas humanas' navegan, y se hunden, entre la melancolía de los nacionalismos y el terror de caer al vacío que provoca la globalización. Entre lo pequeño y lo grande. Entre el habitáculo protegido y vigilado del hogar y la escala expandida y desconocida de la intemperie. Si Marshall Berman equiparó su vida en el barrio neoyorquino del Bronx con la experiencia de la modernidad, la patera es tal vez el espacio incómodo del lado oscuro de la globalización. Si Berman tituló su libro con la conocida frase de Marx en el Manifiesto Comunista 'todo lo sólido se desvanece en el aire', esta gente parece afirmarnos que todo lo sólido se desvanece en el agua. Estos humanos, en realidad, han emprendido una odisea. Esto es, un viaje de regreso hacia territorios que otros, antes que ellos, habían abandonado para lanzarse a la conquista del mundo. Sólo que ese retorno está marcado por la tragedia de una flotación infinita en terreno de nadie. No tienen cabida ni en el amor nostálgico por el terruño de la patria pequeña ni en el vértigo hacia el vacío que aparece en el horizonte de la globalización. Son demasiado extraños y problemáticos para las fantasías de los unos y los otros. Sus pateras navegan y se sumergen entre estos dos fuegos, provocando un cuestionamiento profundo de nuestra mala conciencia geográfica. La verdadera invasión al primer mundo no la consiguieron el Che Guevara ni las guerrillas reales o metafóricas de la década de 1960, sino estas tropas que desarticulan lo local y lo global, lo privado y lo público, lo nacional y lo extranjero, lo primitivo y lo moderno. Como una demostración de que, entre la ley de la selva promovida por el canon neoliberal y la ley del zoológico, de los que vociferan su identidad impoluta embelesados en su ombligo, hay caminos que es necesario transitar y afrontar. En medio de los debates sobre la pertinencia de la clonación, esta gente ha aparecido para mostrarnos la reproducción no virtual de la miseria, muy lejos del laboratorio en el que la vida es objeto de nuevos y sofisticados experimentos. De nada servirá que una política de la seguridad se enfrente a una política de la desesperación (porque en tales inundaciones hay también una política, una disidencia notable a la forma en la que está gestionado el mundo). Anegar el mundo (y a negar el mundo) parece ser el lema de estas huestes para irrumpir de lleno en el paisaje mundial. Entre la dictadura y la inercia, entre lo global y lo local, entre las utopías y las intemperies, estos integrantes de la especie han regresado a nosotros para desnudar las hipocresías de una globalización que, al mismo tiempo que pregona un mundo sin fronteras, se ocupa de reprimir a aquellos que deciden cruzarlas.
Iván de la Nuez es escritor cubano y coordinador de exposiciones de la Virreina.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001