En un poema dedicado a Rafael Lapesa, Jorge Guillén escribía: 'Ninguno más humano. / Con linterna a lo Diógenes / buscad sus pares, pocos'. Lapesa falleció ayer en Madrid, en uno de los pisos de profesores que rodean el Rectorado de la Universidad Complutense. Un piso que no abandonó después de jubilarse, a su pesar, a los 70 años. Lapesa era, según sus alumnos, un profesor duro pero fascinante. Uno de esos maestros cuya vocación le llevaba a incluir extensas notas bibliográficas en las correcciones de los exámenes. Marcos Marín, director académico del Cervantes, señalaba ayer: 'Era un profesor severo pero paciente. En su despacho tenía una máxima que decía: 'Dios bendiga a quien no me haga perder el tiempo'.
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Lapesa, profesor de español de los soldados republicanos sitiados en Madrid, empezó a inculcar la pasión por la filología en medio de la desolación de la posguerra. Fue el alumno predilecto de Américo Castro y Menéndez Pidal y con tan sólo 34 años, en 1942, ya había escrito la primera versión de su gran obra: Historia de la lengua española, un libro imprescindible para miles de estudiantes de filología española. Deportado a Salamanca tras la guerra, se refugió en sus investigaciones. Entre sus 200 títulos publicados destacan Asturiano y provenzal en el fuero de Avilés; La trayectoria poética de Garcilaso y La obra literaria del marqués de Santillana. En los últimos años sus estudios se habían centrado en la fonología y la sintaxis. El español era, para el veterano filológo, una lengua viva, rica y en movimiento. Lapesa, que también era académico de la Historia, defendió la 'contaminación' del español como parte inevitable de esa vitalidad.
Dámaso Alonso le definió como 'un hombre dotado de un espíritu preclaro. Se ha entregado a él, a la vocación que su propio espíritu le señalaba, y ha desdeñado todo lo demás: comodidades, dinero, popularidad vocinglera, para no hacer traición a su propia meta. Su gran heroísmo tiene su premio: el prodigio'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001