Las autoridades de la Universidad de Alicante pretenden entrevistarse con el alcalde Díaz Alperi, pero no parece que tal cosa sea posible. Desde hace varias semanas, porfían estas personas por mantener un encuentro con la autoridad de su municipio y todos sus intentos resultan inútiles. La agenda del alcalde está repleta y el alcalde no dispone de un momento para recibirles. Lo cierto es que ni siquiera encuentra un minuto para responderles. Las peticiones realizadas -todas ellas, naturalmente, con la máxima cortesía- no han merecido hasta hoy respuesta alguna. Pasan los días y la Universidad se preocupa porque avanzan los trabajos del Plan General de Ordenación Urbana y se ignora como afectarán al futuro del campus.
Que me perdonen los gobernantes de la Universidad de Alicante, pero creo que no están encauzando adecuadamente su demanda. Comprendo que el protocolo exija ciertas normas y que unos representantes académicos se deban a ellas, pero hay ocasiones en las que el protocolo no sirve absolutamente para nada. Es más, resulta una pérdida de tiempo. Si el señor Díaz Alperi tuviera alguna atribución en los grandes asuntos municipales, la pretensión de las autoridades de la Universidad de Alicante tendría sentido y todo sería cuestión de insistir, durante más o menos tiempo, hasta lograr la entrevista. Pero no veo yo la necesidad de realizar este trabajo tan penoso, cuando todos sabemos que las decisiones importantes sobre Alicante se toman, desde hace tiempo, en Valencia.
Que los alicantinos debamos aguardar, para cada asunto de categoría, las órdenes de la Generalitat tiene sus inconvenientes. Uno de ellos es encontrarnos con obras que nadie había pedido o con cambios en el uso del suelo que jamás hubiéramos imaginado. De todos ellos, el principal y más grave es habernos quedado sin dirigentes. En unos pocos años, los dirigentes locales han desaparecido, se han esfumado. Aquellos empresarios, profesionales, hombres de prestigio que, en otros tiempos, fueron capaces de promover los intereses de la ciudad y de acudir en su defensa, son hoy una especie rarísima, prácticamente inencontrable. Tenemos, sí, dirigentes, pero son dirigentes temerosos, apocados, carentes de voz propia. Personas que jamás pronunciarán una palabra sin el oportuno permiso de Valencia. Si Alicante hubiera de repetir, en estos momentos, los pasos que, hace 25 años, se dieron para fundar el CEU, no encontraríamos personas capaces de asumir esta tarea y den ustedes por seguro que nos quedaríamos sin universidad.
Los periódicos han contado una anécdota que resume muy bien la situación de la que les hablo. Días pasados, en la asamblea de la CAM donde Juan Antonio Gisbert presentó su dimisión, uno de los consejeros, Román Bono, preguntó al empresario Vicente Sala qué acciones había realizado, como presidente del consejo de administración, para resolver el conflicto que vivía la entidad. Por dos veces hubo de repetir Bono la pregunta que Sala rehuía. Finalmente, y en tono seco, el presidente de la Caja de Ahorros del Mediterráneo respondió: 'No he hecho nada'. Pues, bien, en éste no hacer nada de don Vicente Sala se encierra el drama que vive Alicante. Y es que en esta ciudad, aparte de construir viviendas y multiplicar las zonas de ocio, nadie hace nada por la cuenta que le trae.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001