Me paso el curso desmontando las argumentaciones historicistas empleadas por los diversos nacionalismos (conste que el término no me gusta nada) que se disputan la lealtad de los valencianos realmente existentes. Compruebo cómo los estudiantes pasan del pasmo al desconcierto y de ahí a compartir mi regocijo. Lo que dudo es que adivinen (pues mi profesión me veda el proselitismo político en horario laboral) que tras la ironía y la broma se esconde una creencia política profunda: la de que, en materia de identidades nacionales, no se trata en absoluto de averiguar qué somos sino qué queremos ser, lo que desplaza la discusión desde lo esencialista y lo historicista hacia argumentos contrastables sobre los costes y beneficios (a mí me preocupan, sobre todo, los cívicos, lingüísticos y culturales) de cada identidad nacional, tal y como actúa en el presente. Ello requiere conocer cómo se formaron en el pasado, pero no prejuzga nada acerca de lo que es más conveniente, más democrático, más igualitario o más justo.
Esta dedicación profesional preferente me convierte en devorador de la opinión publicada cuando se refiere a cuestiones relacionadas con la identidad nacional (lo que, entre paréntesis, me obliga muchas veces a tragarme EL PAÍS de la cruz a la raya). He de confesar que, en general, tal lectura me desalienta. Los defensores de identidades nacionales alternativas a la española caen repetidamente en la tentación historicista, mientras que los partidarios de la identidad nacional española suelen practicar un historicismo implícito (sobre todo, cuando van vestidos con el encantador disfraz del patriotismo constitucional) o se dedican a la crítica selectiva de la argumentación historicista contraria. Quizá fuera más provechoso que nos ocupáramos, unos y otros, de la crítica de los mitos históricos esgrimidos a favor de la identidad nacional que nos parece más conveniente (eso, en el caso de las personas que se consideran nacionalmente españolas, representaría una labor crítica agotadora, lo reconozco). En todo caso, no soy quién para dar lecciones a nadie y, de muy pequeño, me enseñaron que el que no quiera ser juzgado no debería juzgar. Pero sí soy quién para reclamar que la discusión se atenga a elementales reglas de juego.
Hace cosa de una semana recibí un correo electrónico bastante particular. Según mi corresponsal, el artículo remitido por mí a la sección de opinión de cierto periódico local, en el que se criticaba al profesor Nicolás Sánchez Durá a propósito de su contribución al catálogo de la exposición sobre Ernst Jünger, había llegado, antes de su publicación, a manos del aludido, por mediación de un amigo suyo que ocupa un cargo en la redacción del periódico, con el previsible objeto de que Sánchez Durá preparara con tiempo suficiente una de sus contundentes réplicas. Respondí que yo no había remitido ningún texto a ese diario, y menos sobre Jünger (ni siquiera visité la exposición: para mi desgracia, no comparto los exquisitos gustos culturales de determinada izquierda). Procuré archivar la anécdota junto a la larga serie de peripecias biográficas provocadas por mi primer apellido, el más vulgar de toda el área catalano-aragonesa.
No he tenido tiempo, sin embargo, de olvidar el asunto, al leer la crónica de Neus Caballer (EL PAÍS, 24-1-01) sobre el incidente protagonizado por mi colega Ferran Garcia Oliver en el acto de presentación de la edición crítica de la Bula de Alejandro VI que autorizaba los estudios de la universidad valenciana. No me extraña nada que el hecho de que Garcia Oliver aprovechara la ocasión para poner a caldo el artículo del profesor Sánchez Durá sobre el Borja en cuestión causara 'sopresa en la mayoría de académicos presentes'. Lo que me enternece en extremo es la declaración, atribuida al propio Sánchez Durá, de que no cree 'que el acto /.../ sea el momento y el espacio adecuado para resolver las diferencias de interpretación'. Sorpresa (ajena) y ternura (propia) que se explican por algo que algunos de los académicos presentes quizá ignoren y que Garcia Oliver probablemente sepa: discutir con Nicolás Sánchez Durá significa, en ciertas circunstancias, una trampa.
Lo sé por propia experiencia. En marzo del año pasado intenté sostener una (agria) polémica con el profesor Sánchez Durá a propósito del supuesto carácter etnicista que atribuía al nacionalismo del BNV y, sobre todo, de sus sesgadas e insostenibles opiniones sobre la participación de sectores nacionalistas en la oposición antifranquista. Digo que lo intenté, porque las cosas se desarrollaron de la siguiente manera: nada más aparecer mi artículo en determinado diario, empezaron a llegarme rumores de que Sánchez Durá conocía el texto antes de su publicación, gracias a la intervención del amigo al que he hecho referencia al principio. En efecto, sólo dos días después, se descolgó con un artículo a cuatro columnas en el que mostraba su acostumbrada altura intelectual, ética y estética. Cinco días más tarde remití al periódico mi respuesta, pero nunca se publicó, a pesar de reiterar mi petición.
Cuando comprendí que mi contestación jamás sería publicada (el periodista ni siquiera se dignó contestarme), me enfadé mucho. Incluso (lo confieso) pensé en recurrir a Ferran Belda, viejo compañero de fatigas y de risas cuando servíem de uniforme (todos tenemos amigos periodistas: los míos, en cambio, no hacen trampas). Pero, al cabo, la situación me entristeció. Me parecía una burda marrullería provinciana, y uno, que es de provincias, detesta lo provinciano. De manera que intenté olvidar el asunto y, en beneficio de mi salud mental, dejé de leer el periódico en cuestión . Y he aquí que vuelvo a encontrar al profesor Sánchez Durá en la prensa, quejándose de la pertinencia de según qué momentos y espacios para el debate. Por eso me enternezco. Tanto que me limitaré a preguntarme: ¿en qué circunstancias, momentos y espacios considera Sánchez Durá que es pertinente mantener una discusión con él?
P.S.: Como estoy seguro de que el interpelado atribuirá todo esto a una conjura de necios nacionalistas y de ello, como queda de manifiesto, no hay nada, le emplazo a seguir debatiendo. Ojalá EL PAÍS nos ceda espacio: así, al menos, jugaremos (por fin) en terreno neutral.
Manuel Martí, profesor de Historia Contemporánea. Universidad de Valencia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001