Un par de cuartos, que traducidos a unidades de tiempo suponen veinte míseros minutos, bastaron para ilustrar la abismal diferencia existente en la eliminatoria que enfrenta al Kinder Bolonia, uno de los grandes favoritos de la Euroliga, con el Estudiantes, sumido en un severo conflicto de identidad dolorosamente subrayado por el conjunto italiano. La coqueta pista del Palamalaguti boloñés, un recinto que esta temporada se ha habituado a contemplar marcadores escandalosos, asistió a nueva lección de su titular, que demostró una superioridad insultante.
Lo peor para el cuadro español es que el Kinder puso de manifiesto la sideral distancia que separa a uno y otro equipo casi por inercia, sin apelar a heroicidades o esfuerzos titánicos. Azofra y Alfonso Reyes, los únicos jugadores que defendieron con orgullo y casta el escudo colegial, lograron que el primer cuarto reflejase un equilibrio ficticio. Pero su empeño era utópico. Un parcial de 39-12 en el segundo tramo masacró al Estudiantes, que a partir de ese momento vagó sin sentido por la pista italiana.
El Kinder acribilló a los madrileños haciendo gala de una facilidad insultante que redujo el choque a una especie de entrenamiento oficial para mayor gloria de sus protagonistas, más altos, más acertados y mejores que el errático Estudiantes de la presente campaña. La lección de los italianos ilustró que entre uno y otro equipo, a día de hoy, hay una distancia mayúscula, pero también enseñó la ya demostrada falta de adaptación de Rico Hill al conjunto colegial y las dificultades físicas de Shaun Vandiver, desbordado por los atléticos pívots boloneses de principio a fin.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001