Una vez más se plantea la cuestión de Shylock: es el judío producto de un antisemitismo de aquella época, que Shakespeare compartía. Pero los directores que lo abordan ahora tratan de justificarse, de dudar de la intención racista o política; hay que ver que otros hacen lo mismo con Calderón de la Barca, al que a veces presentan como feminista, enemigo del honor y amigo del judío. No creo que hagan falta estas alteraciones para las obras maestras de otros tiempos: son lo que son. La intención, en este caso, es la de explicar que Shylock era a su vez víctima de la intolerancia y eso le hacía ser cruel y despiadado. Al mismo tiempo, se advierte que el texto está íntegro, y hay que agradecerle a Molina Foix su exactitud de traductor y su limpieza de escritor en español. Pero un texto no es idéntico a la intención original si se le altera la prosodia, la intención de las palabras, los gestos y los movimientos del actor.
La dramaturgia y dirección y vestuario, obra de Heyme, se distinguen por una elección de estética homosexual con aciertos y desconciertos, sobre todo en relaciones de pareja. Las acciones se desarrollan en un solo escenario, que a mí me parece una sauna; el color, el agua, las pesadas cortinas, los oros y los verdes, no dejan de evocar Venecia. El vestuario es más bien sin época; los hombres llevan falda, los peinados de ellas y ellos son ambiguos. El tratado con más respeto es el judío Shylock, vestido de blanco, ajeno a muecas y gestos, lo cual hace que el actor, Gabriel Garbisu, parezca el mejor, una vez exento de muecas, vestido con un masculino traje blanco de nuestro tiempo. Debe ser la manera de humanizarle en contra del texto. En realidad, vestuario, escenografía, estilo de actuación y atrezzo podrían muy bien ser aplicados a cualquier otro montaje cuyo autor no pudiera quejarse, abatido ya por la muerte.
Todo ello dentro de una buena terminación, de una solemnidad teatral apreciable. El público de invitados en el estreno apareció muy complacido y aplaudió a todos; parecía que entre los actores elegía también a Garbisu, y la comicidad de Machi en el papel masculino de Lancelot.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001