Atónita y dolida, asisto a la descomunal tala de árboles que se está perpetrando en los últimos tiempos en el centro de la ciudad de Madrid. Mientras, en las buenas zonas residenciales, como Puerta de Hierro, por ejemplo, una de las bondades que sirven de reclamo para atraer a los ciudadanos privilegiados, o sea, ricos, es precisamente la profusa presencia de arbolado. En una de esas urbanizaciones de Puerta de Hierro vive el alcalde de esta ciudad, por cierto. Sin embargo, en el paseo del Prado, y en las plazas de Neptuno y Cibeles, las últimas noticias son las de la tala de 95 ejemplares de acacias, sóforas y plátanos. ¿95 ejemplares? Se dice pronto, pero repitamos, una sola vez más y despacio, intentando imaginarlos uno por uno: ¡95 árboles! Muchos de ellos centenarios; alguno de ellos de más de doscientos años. El responsable de Parques y Jardines del Ayuntamiento de Madrid dice que estaban enfermos y eran un peligro para los viandantes. Yo no me lo creo; no tengo pruebas, pero no me lo creo. La oposición asegura que los tocones que han dejado las sierras demuestran que los árboles ajusticiados estaban sanos. Entonces, ¿por qué los han talado? ¿Cuál puede ser el beneficio de una acción que parece una canallada? ¿Quién puede quedarse impávido ante semejante horror? ¿Ha llegado el momento en que alguien no entiende lo que se está diciendo cuando decimos 'árbol'?
Estoy triste. Como no entiendo nada de lo que está sucediendo, como no encuentro explicación a ese encono municipal arboricida, como nadie ha sabido darme una respuesta convincente sobre las razones que avalan ese impulso criminal, como no veo que nadie (ni yo misma) se encadene a los árboles en protesta, como no he encontrado piquetes anti-sierras Still, comienzo una pobre campaña de activismo urbano haciendo la pregunta desde aquí; espero que alguien pueda y quiera contestarla: ¿por qué talan los árboles? Repito, por si no se ha entendido y para no irme por las ramas: ¿por qué talan los árboles? Estoy confusa y he llegado a pensar que los árboles no me dejan ver el bosque. Pero, ¿cuál es el bosque?
Hasta hace un par de días, en la plaza de Chueca había seis árboles. No eran como los de Puerta de Hierro, cuidados y regados por jardineros privados, pero los vecinos los queríamos allí, nos gustaban, disfrutábamos de su humilde presencia y representaban para nosotros una parca reminiscencia de algo que no estuviera perdido del todo. Están remodelando la plaza y se los han llevado. Por supuesto, los responsables dijeron que cuatro de ellos estaban enfermos. Como no somos botánicos, nos resulta difícil discutir su dictamen (aunque ya es hora de que nos unamos, nos asociemos, nos asesoremos e intentemos que no nos tomen por idiotas), pero yo más bien los encontraba descuidados y sucios y jamás vi a un jardinero que los mimara un poco. Los otros, dos pinos sencillos, han sido arrancados también. He preguntado a mucha gente del barrio y cada uno da su versión, por lo que concluyo que los de la tala y el hurto de árboles se aprovechan de nuestra confusión y de nuestra ignorancia. El caso es que ya no hay árboles en la plaza de Chueca o vendrán en un tiempo a poner unos retoños que tardarán en crecer los años suficientes para que otro mendrugo venga a cargárselos. ¿Por qué? Me han dicho que la plaza se llenará de terrazas con el buen tiempo y que las licencias se cobran por metro cuadrado de ocupación, por número de mesas: un negocio que interesaría tanto al Ayuntamiento como a los empresarios. ¿Será posible que los bares de la zona sean cómplices de esta crueldad y de este atropello con el resto de los vecinos?
Insisto en que los árboles no nos dejan ver el bosque. Pero, ¿cuál es el bosque? ¿Cómo es el bosque y dónde está? El bosque, impenetrable, oscuro, tenebroso, es esa respuesta que no hallamos. ¿Está el bosque en la plaza de la Villa de Madrid o dondequiera que se encuentren las oficinas de ese 'Parques y Jardines' del Ayuntamiento? Podemos exigir explicaciones. Exijamos explicaciones. Protestemos. Si no queremos que talen los árboles, pasemos a la acción, hagamos algo contra ello, ejerzamos un 'chantaje social inaceptable'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de febrero de 2001