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COLUMNA

La herencia de Gaudí

El modernismo en general y Antoni Gaudí en concreto son dos de los capitales más sólidos de la ciudad de Barcelona. La existencia de este patrimonio, sumado a antecedentes como el gótico o la arquitectura y el urbanismo modernos, la convierten en una de las capitales mundiales de la arquitectura.

Estos valores no sólo radican en el mismo legado histórico y en las inmensas posibilidades de creación inspiradas en la obra Gaudí y del modernismo; el hecho de disponer de dichas obras maestras exige una actividad constante de investigación y difusión, promoviendo y manteniendo museos, archivos y centros de investigación; en definitiva, fomentando avances en los terrenos de la historia y la cultura.

En este sentido se habla, de tanto en tanto, de la posible creación de un museo del modernismo, aunque nadie se ha decidido a asumir la iniciativa de promoverlo. Se supone que sería un nuevo museo que tendría en cuenta la red ya existente de edificios y lugares, como la sección correspondiente del Museo de Arte Moderno (MNAC), el Espai Gaudí en La Pedrera y el museo casa Gaudí en el parque Güell. La celebración del año Gaudí en 2002 será una buena ocasión para multiplicar y enriquecer la herencia gaudiniana.

Una de las múltiples derivaciones del patrimonio gaudiniano es la Cátedra Gaudí, creada en 1956, adscrita al departamento de Composición Arquitectónica de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, con sede en una obra del mismo Gaudí: las caballerizas de la Finca Güell en Pedralbes, propiedad de la Universidad de Barcelona, declaradas bien cultural en 1964. Ocupada inicialmente por Josep Ràfols y después por Josep Maria Sostres, desde finales de la década de 1960 hasta hace unos meses la Cátedra Gaudí ha sido llevada de manera exclusivista, aislada y personalista por Joan Bassegoda Nonell, un profesor de mentalidad conservadora que ha promovido un tipo de historia totalmente anacrónica en sus planteamientos positivistas y decimonónicos, una historia bassegótica que ha recreado sólo anécdotas, fechas y datos, ajena a las corrientes historiográficas del siglo XX, basada en la acumulación de documentos y en la ausencia de interpretaciones que, si existían, eran siempre arbitrarias, parciales, antimodernas y contrarias a las vanguardias artísticas. Con su jubilación, aunque haya sido nombrado conservador temporal de las caballerizas, se presenta la ocasión para que la Cátedra Gaudí se modernice, pasando a ser un auténtico centro de estudios dedicado a la investigación sobre la historia y la crítica de la arquitectura en los siglos XIX y XX. Precisamente, las aportaciones más cualificadas sobre la Barcelona de la época, sobre el modernismo y sobre Gaudí han sido efectuadas por profesores no vinculados a dicha cátedra, una buena parte de ellos pertenecientes al mismo departamento de Composición de la Universidad Politécnica de Cataluña (Ignasi de Solà-Morales, Juanjo Lahuerta, Pere Hereu, Manuel Guardia y Antoni Ramón); otros autores son del departamento de Historia del arte de la Universidad de Barcelona (Mireia Freixa, Alicia Suárez, Mercè Vidal y Martí Perán), además de los expertos George Collins, Dennis Dollens, Roberto Pane, Carlos Flores, Salvador Tarragó, Francesc Fontbona, Francesc Miralles, Xavier Güell y Josep Maria Carandell.

Por tanto, ahora es el momento de que la Cátedra Gaudí empiece a transformarse en una institución académica de prestigio internacional, compuesta por profesores universitarios y expertos nacionales y extranjeros que hayan destacado por sus investigaciones y que se coordinen para crear un instituto dedicado a organizar archivos, promover investigaciones sobre la arquitectura moderna y preparar exposiciones, catálogos, seminarios, cursos de doctorado y actividades de debate y difusión. En esta dirección hay modelos altamente prestigiosos de instituciones relacionadas con universidades, como el Centro Internazionale di Studi di Architettura Andrea Palladio, en Vicenza, o como el Warburg Institute o el Sir John Soane Museum de Londres.

Sin olvidar que el gaudinismo no es exclusiva de nadie (recordemos que existen otras instituciones, como el Centro de Estudios Gaudinistas de Barcelona), inquieta que precisamente ahora, que se pueden introducir cambios y aunar esfuerzos, alguien pueda pretender apropiarse de la renta del nombre de una cátedra dedicada a un arquitecto de fama internacional creciente. Estaría mal que la herencia de la Cátedra Gaudí pasase a manos de algún otro profesor exclusivista, que quedase apropiada de manera personalista por algún alto cargo universitario o que, en otro extremo, se convirtiera en la más grande tienda de merchandising gaudiniano, gestionada desde ópticas de mercadotecnia cultural, criterios financieros y objetivos puramente representativos. Sería necesario crear un nuevo sistema de dirección de la Cátedra Gaudí que estuviera abierto a las diversas interpretaciones rigurosas de la historia y que garantizara su renovación democrática.

La Barcelona actual se plantea como ciudad del conocimiento; una opción que también debería pasar por que la cátedra que lleva el nombre de su arquitecto más universal se consolide como un potente, moderno y modélico foco universitario de investigación y aportaciones al conocimiento. Un hecho que atañe tanto a las instituciones, los profesores e investigadores que podrían estar relacionados con dicha cátedra como a la ciudad gaudiniana por excelencia.

Josep Maria Montaner es catedrático de la UPC.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001