'No, esto no podía funcionar'. El alcalde Joan Clos se mostraba pesimista al recorrer con la mirada la herrumbrosa tostadora industrial situada en el que fue el cafetal junto a Nairobi de los Blixen (él, Bror, un barón tarambana; ella, Karen, escritora danesa: Rungsted, 1885-1962). No, ese negocio no podía funcionar: de hecho fue ruinoso. Karen vendió en 1931 las propiedades y la granja al pie de las colinas del Ngong -nudillos de la mano, en suajili- y ya nunca volvió a África, según sabemos por su autobiografía y la versión cinematográfica de Sidney Pollack.
Convertida en museo en 1984, esa casa, que fue testimonio del tórrido romance entre la escritora y el aventurero Denys Finch Hatton, se nutre más de la ficción que de la realidad. Algunos muebles pudieron ser recuperados, pero la mayoría de los que se exhiben proceden de la reconstrucción hecha para el rodaje. La semana pasada, Clos escuchaba allí, distraídamente, las explicaciones del guía local. Y fue en ese momento cuando decidió que, tras intervenir al día siguiente en la conferencia de Naciones Unidas sobre asentamientos urbanos, sobrevolaría el lago Nakuru, 150 kilómetros al norte de la ciudad. Si le dejaban (que le dejaron), pilotando él mismo, como Finch Hatton. La soledad del piloto en África.
La historia de Karen Blixen está hecha de soledades. La suya, la de su marido y la de su amante, pero también la del masai que pastorea las reses en los altiplanos del valle del Rift, envuelto en su túnica roja y sosteniendo un largo cayado que hace tiempo que dejó de ser lanza. Está sola la jirafa, que pasea su muda indolencia por la sabana, observada por impenetrables misántropos como el Kilimanjaro, el monte Kenya o el volcán Ngorongoro. Sola, majestuosa en su aislamiento, aparece la acacia amarilla cuando la tiñe de oro el sol ecuatorial, negándole la sombra. Faltan las sombras de los cuerpos: tal vez en eso resida la explicación última de tanta soledad africana.
Nairobi es una ciudad bulliciosa, cierto. Pero ese bullicio se diría también hecho de soledades mezcladas caóticamente. El matatu, ese taxi colectivo repleto de viajeros -siempre cabe uno más, se dice de él, ni que sea colgando del estribo-, está determinado a pasar por encima de los demás vehículos para alcanzar su objetivo, como si sólo existiera él. Los semáforos, que no funcionan, se hallan encerrados en jaulas, como singulares poemas de Brossa (hay un solo semáforo que cambia de disco en toda la ciudad, más atracción de feria que regulador del transporte). El kikuyu, luo, masai, embu, turkana o kalenji (más de 40 tribus pueblan Kenya, cada una con su lengua solitaria) habita una chabola de la ladera norte, sin agua ni luz: de los casi tres millones de habitantes (estimados, nunca comprobados) de Nairobi, se calcula que cerca del 70% vive en esas condiciones.
Joan Clos, la semana pasada, estaba solo en la tribuna de oradores de Gigiri, el centro estable de la ONU en Nairobi. Su discurso ante los representantes de las naciones, reclamando mayor autonomía para los gobiernos locales frente al problema de las migraciones a las metrópolis, parecía venir de muy lejos, de una tierra empeñada en defender el orden del estado del bienestar frente al desorden globalizado. 'El liberalismo', razonaba el alcalde poco antes de su intervención, 'no es una doctrina competente para aportar soluciones. En Europa, desde el Renacimiento conocemos la importancia de las ciudades para hacer ciudadanos libres y contrarrestar el poder feudal, basado en el territorio. Yo creo que los estados siguen planteando sus políticas desde la territorialidad, cuando hoy es preciso superar este concepto por el de la gente que vive en el territorio. No quedan territorios por descubrir, queda cómo administrarlos de manera solidaria a través de políticas públicas sostenibles. Ésa es la idea que Barcelona debe liderar'. Un discurso que, hecho en África, sonaba a soledad y ante las Naciones Unidas a aspiración solitaria: países como Estados Unidos, Canadá o China no están por la labor de sancionar una carta de autonomía para los municipios.
Clos hablaba en nombre de mucha gente, en su calidad de presidente de la Coordinadora de Asociaciones Mundiales de Ciudades y Autoridades Locales, pero se le veía ensimismado. Un ensimismamiento muy africano, como el de la tostadora en el jardín de los Blixen o el vuelo de Finch Hatton cruzando la inmensidad dorada del Masai Mara.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001