Heribert Barrera ha avivado estos días un debate innoble; el viejo político, lúcido y alerta, su edad no es un argumento para descalificar lo que dice, ha dado razones aún más reaccionarias a los que durante los años centrales de la democracia han atribuido a los catalanes xenofobia y racismo, un carácter defensivo y retrógrado, incapaz de aceptar al que viene de fuera, usando la lengua, sobre todo, para discriminar y rechazar.
Con ese argumento se hicieron portadas y editoriales, se persiguió desde la derecha -desde la que manda y desde la que atosiga a la que manda- la construcción de una imagen global de una Cataluña selvática a la que había que ir con escafandra. Eso era mentira, en términos generales, claro que hay reductos, pero hay zonas de claridad cultural, esclarecida; eso se veía en sus calles, en sus bares y en sus librerías, se apreciaba -se aprecia- en las conversaciones y en la vida, en lo que se lee y en lo que se dice; en efecto, por oposición a la Madrid grisácea de entonces, Barcelona había sido una fuerza vital de la cultura más potente en los sesenta y en los setenta que en los ochenta, cuando se produjo aquel Titanic que Félix de Azúa hizo legendario: fue cuando la capital de Cataluña se ensimismó tanto que cayó en el riesgo de perder el sitio cosmopolita que le corresponde en la memoria y en el mundo.
No se hundió Barcelona. Vinieron los Juegos Olímpicos y resurgió la sensación pletórica de una ciudad creativa en la que convive una sociedad acostumbrada a afrontar con sensatez tanto los periodos difíciles como los periodos felices. Claro que transida de los reaccionarios que ahora se hacen evidentes, puede más la mancha que la claridad. Evidentemente, a veces la ciudad -o el país, en este caso- va por un lado y la política va por otro, así que mientras resultaba obvia la modernización de Barcelona y de su entorno, algunos políticos catalanes se empeñaban en utilizar algunas banderas -el idioma, especialmente- como instrumento principal de la relación de su tierra con los otros, para establecer la barrera entre los buenos y los malos, los de dentro y los de fuera. Como si el idioma fuera una barrera, justamente, algunos magnificaron tanto la importancia definitiva de la identidad que da al que lo usa que regaron la impresión de que si no hablabas catalán no podías vivir en Cataluña. Eso es mentira, allí se ve, pero se dijo tanto que se convirtió en uno de los lugares más comunes del país del lugar común.
El abuso de ese argumento es el que fabricó, dentro y fuera de Cataluña, ese tópico del catalán encerrado al que ahora le ha dado lustre el ex líder de Esquerra Republicana. La indignación que han producido sus declaraciones, reiteradas y magnificadas por él mismo estos días, no es producto sólo del peligro pedagógico de racismo y xenofobia que encierran, sino que proviene de la convicción de que Cataluña no es, no será así, y sobre si tiene que armarse, moral, culturalmente, para no serlo; y no puede serlo, como decía uno de estos días Jordi Solé Tura en El Periódico de Catalunya, porque la Cataluña moderna precisa del mestizaje para sobrevivir, es producto del mestizaje y tiene que hacer de la mezcla el instrumento principal de su desarrollo. La vida es mestizaje, claro que lo es, y la lengua es la primera que tiene que mezclarse.
Son tiempos sintomáticos, se les están viendo definitivamente las verdaderas orejas al lobo del racismo. Barrera no es una anécdota, es la parte alta del iceberg español; está subiendo, subirá más, será avivado también por los que le reprochan a Barrera que use el instrumento del idioma, se usarán otros, éste es un país preparado, por la historia e incluso por el presente, para rechazar y para olvidar; tierra de prófugos, también es tierra de expulsiones. El racismo se aviva muy fácilmente, basta con que te den herramientas para cerrar la puerta. Cuando ese instrumento es el del idioma la situación produce rabia y escalofrío; qué bien le vendría a este país una pedagogía moral de tolerancia y de respeto que hiciera de Babel un símbolo de entendimiento y no de galimatías.
La inteligencia del hombre crece con los idiomas que habla, no con los que desprecia. Viva Babel.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001