Vivimos un momento sociopolítico donde lo que pone es el centro, momentos en los que la política día a día se desprestigia, ofreciéndonos a los ciudadanos la sensación de que el futuro está condicionado. El presente es desesperanzador, el futuro es una angustiosa incógnita y el pasado esta cargado como un arma de nostalgia: lo que tuvimos a nuestro alcance y perdimos.
Para otros, los que vivimos la muerte del dictador de refilón, las cosas tampoco han sido fáciles. Somos la generación más numerosa del siglo XX, la mejor preparada y la ideológicamente más huérfana. Es por ello quizás, que somos los más individualistas y competitivos. Afortunadamente alguien ha dejado entornada la puerta, y el viento fresco se ha colado a ráfagas, que aunque giremos la cabeza no cesa de darnos en la cara: El último de los zapatistas, el subcomandante Marcos, nos ha llegado al corazón con la justicia de sus demandas; la 'encarnación del lado oscuro de la fuerza' Pinochet, ha sido puesto contra las cuerdas. La descubrimos primero, pero nos cogió la idea el capitalismo y ahora se llama de apellido globalizado, pero ya hemos comenzado los trámites para recuperar la idea. Nuestros chicos del centro (izquierda y derecha), nos quieren poner en su barco de bandera insolidaria, con las bodegas cargadas de trabajadores de otros países listos para la repatriación o para trabajar con menos derechos de los que disfrutamos los españoles de 1939 a 1977. Como afirmaba Lluís Llach son tiempos de rebeldía; son tantas pequeñas cosas las que podemos hacer, que merece la pena que hagamos un intento. Es el momento de ponernos las pilas, nos necesitan y aún creemos en la transformación de la sociedad. Es un gran alivio coincidir y caminar juntos. Nos vemos en las calles.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001