Puede que Madrid se vaya, como apunta el ex alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall. Que sea ya la capital económica, además de la capital política, de España y que haya reducido la nación a un conjunto de puntos y distancias en función de su posición, una vez soltado el lastre de responsabilidades estatales con las transferencias autonómicas. Incluso que toda esa simplificación sólo sea para resolver sus servidumbres respecto a las periferias (conectividades, suministros, salidas de bombero...) y tomar impulso hacia esa constelación de ciudades que ilumina el mundo. Sin embargo, Barcelona, para el resto de la periferia, ya se había ido mucho antes. De hecho siempre se había estado yendo. Su irrefrenable vocación ultrapirenaica la mantuvo entrenida, tratando de fugarse hacia arriba, hasta el año 1210, en que se dio de bruces contra la realidad en la batalla de Muret. Mientras tanto, Castilla había conquistado media España. Sólo entonces, con la puerta de los Pirineos en las narices, Barcelona decidió mirar hacia Mallorca y Valencia, y descubrió el Mediterráneo para su propio esplendor. Pero eso sólo duró hasta la primera guerra mundial, cuando Barcelona, con las principales potencias sumidas en el desastre, se convirtió en el puerto y el centro de producción de Europa, gracias al imponente tejido industrial desarrollado a finales del siglo anterior. Desde entonces, Barcelona está pensando en irse, y esta fuga la ha dirimido a través de la economía y sus refinamientos subsidiarios, aunque siempre como confrontación al bulto que había salido por el oeste: Madrid. Después de 1992, con el estímulo de las Olimpiadas, se convirtió en una ciudad atlántica, y ésa fue la revancha a ese derby tan reñido. Dio un paso de gigante y se invistió de una frialdad tan suiza que hasta Madrid resultaba más mediterráneo. De tanto mirar hacia Madrid, Barcelona se olvidó de Mallorca y de Valencia. Se ensimismó en su crecida y ésta fue directamente proporcional al encogimiento de sus hermanas. Ahora parece que Madrid también se va. Barcelona se fue. ¿Qué hacemos los demás aquí? Hay que largarse.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001