¿Qué lengua hablará en Cataluña un inmigrante dentro de un par de décadas: castellano, catalán o inglés? Esta pregunta no se la hacían doña Marta Ferrusola ni Heribert Barrera, sino Will Kymlicka, uno de los máximos expertos mundiales en multiculturalismo. Podríamos plantearnos otras, como, por ejemplo, ¿en qué lengua se impartirá la docencia de las universidades catalanas en un futuro no demasiado lejano? Hoy sabemos que muchas de ellas, en países como Finlandia, Noruega, Holanda u otros de lenguas minoritarias a nivel mundial, utilizan ya, ahora mismo, el inglés como segundo idioma de trabajo. Y la mayoría de los académicos de estos países sólo se valen del inglés cuando escriben y publican sus investigaciones. La diferencia entre Cataluña y estos otros países mencionados reside, sin embargo, en que en los primeros está ya bien asentada su propia lengua e identidad, mientras que en Cataluña o en el País Vasco estas nuevas dinámicas creadas por las necesidades de comunicación global les pillan en pleno proceso de 'normalización'. No tienen todavía, por decirlo así, una indiscutible 'lengua de cultura' bien asentada que sea capaz de competir con la 'lengua de comunicación' que se nos viene encima a todos. O, por ser más exactos, tienen dos: la propia de la comunidad y el castellano. Y, para bien o para mal, y sin que en ello nos corresponda ningún mérito a los españoles, el castellano será -según dicen los expertos- una de las poquísimas lenguas que sobrevivirán de hecho a este nuevo siglo. Aunque para entonces seguramente sea ya un habla difícil de reconocer para cualquiera de nosotros.
A la vista de este hecho, no he podido dejar de sentir cierta 'comprensión' por las declaraciones de Marta Ferrusola, al menos por aquellas que muestran una grave preocupación por la supervivencia de las señas de identidad catalanas; no, claro está, por el giro xenófobo al que iban asociadas. Ignorar que representan un sentimiento que comparte gran cantidad de gente sería un grave error, pero lo es aún mayor el pretender que ello nos vincula de algún modo y el no ver hacia dónde nos puede conducir. Esto es lo que implícitamente hicieron Artur Mas y Jordi Pujol al echarle el capote. La señora Ferrusola quizá se limitó a funcionar de altavoz de una cierta vox populi, pero la función de los políticos sensatos no debe ser su mera afirmación, sino el ponerla en su sitio, críticamente y sin contemplaciones. Creo que ésta es la diferencia entre el populismo puro y simple y el ejercicio de esa cualidad tan valiosa en un político como es el liderazgo. Algo, por cierto, de lo que Pujol había dado muy buenas muestras en otras ocasiones.
Hace unos días, Javier Pradera opinaba con razón en estas mismas páginas que esos temores difusos generados por la inmigración eran una buena muestra de algunas de las 'psicopatologías de la política cotidiana'. Ninguna sociedad democrática es inmune a ellas y lo normal es que, llegado el caso, puedan ser sujetas a terapia de la única manera en que es posible: a través de la acción de su líderes políticos. Éstos están obligados a hacerse eco de los sentimientos, preocupaciones y problemas de los ciudadanos; pero también tienen el deber de confrontarlos desde los principios y los valores reconocidos por el propio sistema político y a la luz de consideraciones de mayor calado. Los políticos no pueden ser puramente reactivos ni gobernar a golpe de encuestas. Sin liderazgo es probable que la UE no hubiera sido posible; desde luego, no la unión monetaria. Y sin un liderazgo permanentemente dispuesto a cortar de raíz cualquier veleidad xenofóbica seguramente no lleguemos tampoco de forma pacífica a donde de todas las maneras vamos a desembocar: en una sociedad tremendamente plural y multicultural. Sabemos que el 'conflicto de las identidades' está aquí para quedarse. Sin embargo, algunos tenemos también la convicción de que éste sólo podrá ser gobernado si somos capaces de reconocer que no hay nada que merezca la pena ser preservado de nuestra identidad si en el camino hemos de arrojar por la borda valores y principios como la tolerancia, el respeto al otro y el igual valor de la vida humana.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001