En Damasco ya ha escapado a dos atentados, uno protagonizado por los servicios secretos franceses en 1960, que le causó graves quemaduras y la pérdida de un ojo, y otro de origen israelí en 1980, que le amputó varios dedos de la mano izquierda.
Aloïs Brunner es considerado el organizador de la deportación de 147.000 judíos desde los distintos destinos que ocupó, ya fuera en Viena, Berlín, París o Salónica. Las autoridades francesas ya lo habían juzgado dos veces, en 1954, por otros delitos y entonces le condenaron a muerte. El juicio celebrado ayer en París tenía en cuenta, por primera vez, el trágico destino de los niños asesinados por los nazis. La querella había sido presentada por la familia Klarsfeld, la asociación de hijos de deportados y por la Liga Contra el Racismo y el Antisemitismo, la Licra. Y había sido admitida a trámite por considerarse que los actos de Brunner entran plenamente en lo que puede calificarse como 'complicidad en asesinatos' dentro de un proyecto genocida, es decir, imprescriptible en tanto que 'crimen contra la humanidad'.
Para los abogados Serge y Arno Klarsfeld, hijo y nieto, respectivamente, de un resistente judío atrapado en una de las razias organizadas por Brunner, el de ayer era 'el último gran proceso relativo a hechos ocurridos durante la II Guerra Mundial'. Para ellos, era importante llegar hasta los tribunales 'porque el proceso tiene un gran valor pedagógico y sirve para divulgar y reflexionar sobre la historia reciente de Francia'.
Para otros, el proceso es un elemento más de 'un pasado que no pasa', de unas heridas que no llegan a cicatrizar. 'Más vale haber tenido un proceso sin Brunner que no haber tenido proceso', declaraba una hija de deportado. La mayor parte de los asistentes al juicio eran personas de más de 55 años de edad, muchas de ellas portando las fotos de sus padres, abuelos o hermanos desaparecidos en los campos creados por los nazis.
Otro asistente subrayaba que 'se trata de un proceso simbólico. Nadie pide reparaciones económicas'. La frase parecía una respuesta, apenas velada, a la reciente publicación en Francia del libro de Norman Finkelstein sobre lo que él llama 'la industria del Holocausto', que ha causado un gran revuelo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001