A nadie se le escapa que esta provincia de Guipúzcoa o herrialde -que ya la apelación indica mucho- ha tenido desde siempre una vocación extrema, por lo menos desde los tiempos en que, según Oteiza, disponía ciertos círculos de piedra en los montes como trampa para cazar a Dios. Luego, seguramente sería luego, se trajo desde el arca de Noé y gracias a cierto vástago llamado Túbal una lengua que por eso debe resultar arcana. Más tarde, el territorio -porque también se le puede llamar territorio histórico- entró en una fase no menos metafísica, ya que según sus más fervientes cronistas tuvo y no tuvo romanos, fue y no fue Navarra, y vivió y no vivió con cierto endriago llamado Castilla, que se comía crudos y sin sal a todos cuantos quisieran ser ellos mismos. Pero su momento estelar vino con cierto Íñigo que volcó lo más profundo de su tierra no en una bella jota, como habrían hecho sus vecinos más tafalleses, sino en un modo de ver la religión de manera no cabe más integrista, trascendental y visionaria. De hecho, el bueno de Íñigo patentó un atletismo del alma a base de ejercicios espirituales que tenían la particularidad de ser muy anaeróbicos, dado que quitaban oxígeno; claro que, a cambio, ofrecían la eternidad, que parece más.
No quiero detenerme mucho en ese anteayer hecho a la medida de un tal Sabino que, tal vez por envidia de los universales logros del de Loyola, quiso elevar el terruño a la categoría de universo y religión, logrando devolver una nueva espiritualidad menos a su entorno más directo que a esta Gipuzkoa -la muy nombrada- ávida siempre de trascendentalismo, tanto que hoy es más sabiniana que Sabino y concentra en sus entrañas todo el dogma de la nación como esencia, todo el integrismo parroquiano, toda la liturgia del valer más. Y no quiero detenerme mucho porque ahí están los diferentes popes lanzando desde los púlpitos sus mensajes más que elocuentes a fin de que los infieles se suscriban a lo antedicho, por lo que a sus palabras remito si es que se quiere comprobar cómo no exagero. Preferiría, en cambio, bucear en las razones de la cosa, quiero decir en los porqués de tanta y tan ancestral inclinación de esta comarca por lo trascendente.
Algunos la han atribuido a la peculiar orografía hecha de valles, es decir de agujeros, de ahí que por sana e inconsciente reacción se valore y busque lo de más arriba. Otros se han decantado por la hipótesis meteorológica: vivir tapado por una nubarrón obliga a pensar forzosamente en si no habrá una realidad que, estando por encima de él, lo trascienda y supere. Existe, por fin, una tercera explicación que no es, en puridad, sino una variante de la meteorológica: vivir tapado impide contemplar fenómenos astronómicos tales como los cometas y los eclipses que nos hablan por sí mismos de un universo muy grande y en perpetuo cambio, con lo que se tendería a tomar lo propio como único y se buscaría fijarlo en una inmutabilidad que se tendría por el valor más excelso. Sin embargo, ha habido que esperar al tercer milenio para ver cómo todas esas conjeturas se hacían añicos.
Y han caído, víctimas de la teoría más simple, como suele suceder. Un estudio realizado por el Centro de Seguridad Nuclear acaba de establecer que Guipúzcoa es el territorio vasco más radiactivo. Y con eso está dicho todo. Primero, porque se trata de un dato científico. Segundo, porque, como todo el mundo sabe, la radioactividad consiste básicamente en trascender: los cuerpos inestables se convierten en otros -se trascienden- mientras van emitiendo, por el camino, una serie de ondas electromagnéticas que también podríamos llamar mensajes, así se explicaría toda esa verborrea trascendental que suele acompañar al fenómeno. Una verborrea capaz de atravesar capas de plomo y de viajar, en algunos casos, a la velocidad de la luz, con lo que a veces parece que ilumina, pero sobre todo que llega antes casi de haber salido, produciendo esa sensación como de pescadilla que se muerde la cola. Y si no se lo creen enchúfenles un contador Geiger a los más fenómenos. O un patriómetro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001