A veces vi fragmentos de Tómbola; curioso espectáculo de aspectos de una sociedad española, divulgados también por revistas especializadas, y que entra ya en los diarios. No soy aficionado, pero lo prefería al fútbol y a los toros.
Alberto Ruiz-Gallardón despidió al director de Telemadrid porque dio un reportaje que no era beligerante contra el terrorismo vasco; nombró uno nuevo, Giménez Alemán, cuya primera decisión ha sido suprimir Tómbola: son dos abusos contra los derechos de los espectadores. Alberto R.-G. dice que jamás ha visto Tómbola: debía ser su obligación de empresario.
En cambio vio el programa por el cual despidió al director anterior. El agravio de Tómbola gusta a la prensa: no sólo la oficiosa, o bienpensante, sino toda. Hasta la que querría que se despidiese a Sánchez Dragó por entrevistar a Aznar en un programa cultural de TVE: como si pudiera hacer otra cosa. Aparte de que le guste.
Es aznarista de cuando Aznar no era nadie, y lo será cuando vuelva a no ser nadie, aunque entonces otros despidan a Dragó. Esto es darwinismo puro, y el pez grande se come al chico, que es la manera española de resumir el origen de las especies y el sentido de la evolución. (Ah, también lamenté que Abc despidiera a Giménez Alemán, su director cuerdo después de una tanda de locoides).
No sería posible suprimir el fútbol y los toros, y los deportes que sólo deberían concernir a quienes los practican. El fútbol empezó con una penetración lejana y ha llegado a todos: a los intelectuales de izquierda, o a sus fantasmas pálidos de quienes murieron como tales, asesinados por sí mismos; ya muertos, ven el fútbol, insultan a Dragó y aprueban los pactos con el PP. No hubieran sido tan intransigentes si Dragó hubiera entrevistado a Felipe González. Claro que no son homologables como personas, y como personajes de algo cultural. La base mala de estas cosas es echar, suprimir. Despedir es una ilusión de poder.
Los empresarios organizados luchaban ayer mismo por despedir gratis a quienes quisieran, cuando el paro real es casi el doble que la media europea, los salarios son más bajos y la calidad del trabajo desciende con los relevos continuos. Pero el sentido de feudalismo es algo que ennoblece al hidalgo empresario. Al director, al presidente, al ministro.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001