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Tribuna:RAÍCES

Andalucías

Una carta a este periódico de un lector ejideño (¿o ejidense?) me ha hecho pensar, de golpe, en algo que no imaginaba: en Andalucía hay andaluces que no quieren serlo; y parecen concentrarse en la provincia de Almería. No sé si la actitud manifestada, algo ásperamente, por dicho lector es compartida por poca o mucha gente, si es un simple absceso o el síntoma de algo más profundo. Pero ahí queda.

Las razones históricas que puedan estar tras esa actitud son tantas como las que pueden esgrimir esos vascos que desean huir de su condición española: ninguna. El actual territorio de Almería siempre ha estado unido a todo o parte de lo que es hoy Andalucía; en especial, la costa, repoblada desde 1492 con gentes de otras tierras andaluzas. Otra cosa es la comarca de los Vélez, más cerca, en todos los sentidos, de Murcia. También en otras provincias hay comarcas administrativamente andaluzas, pero más bien extremeñas o manchegas. No por eso vamos a modificar ahora los límites regionales (puestos a ello, Andalucía podría reclamar la parte de Badajoz que durante siglos perteneció al reino de Sevilla).

Pero los argumentos históricos tienen poco que ver, en general, con las conciencias nacionales o regionales. Mejor dicho, los argumentos históricos serios (los que en la jerga periodística son emitidos por expertos). Porque los que sí tienen repercusión en las conciencias son los argumentos históricos manipulados y falseados, las deformaciones a que tanto nacionalista somete el pasado para inventar lo que su delirio quiere que hubiera ocurrido. Al final, casi da igual que ocurriera o no lo que se dice que ocurrió: qué más da ya que el apóstol Santiago no viniera nunca a España, ni vivo ni muerto; y al paso que vamos, qué más da lo que de verdad ocurriera en los territorios vascos en los tiempos antiguos, si lo que va a quedar marcado a fuego en las conciencias es una absurda mitología (cuidado, profesores andaluces de Historia: también nosotros estamos inventado nuestra pequeña mitología).

Y al final, claro, la cuestión del habla. Porque lo que a nuestro aspirante a ex andaluz parece molestarle especialmente es que se intente imponer el modelo lingüístico andaluz occidental; dicho en plata, el de Sevilla (como le molestan igualmente los vestidos de sevillana). De esos polvos normalizadores vienen estos lodos. Pero no por eso vamos a negar la historia: y la historia dice que el rasgo más llamativo del andaluz, el seseo-ceceo, nació en el entorno de Sevilla; que Sevilla prestigió ese y otros rasgos, y que fue capaz de imponerlos como dominantes en el trasvase del idioma a América. Claro que no todo en el andaluz es sevillano (o gaditano): ni las caídas de eses ni esas vocales finales abiertas tan propias del Oriente andaluz. Por eso es tan difícil hacer un andaluz a gusto de todos; y por eso uno se pregunta si hace alguna falta.

Y todo esto, en medio del follón de las Cajas...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001