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Crítica:CRÍTICA | TEATRO

Segismundo furioso

Lo primero que hay que agradecer a Calixto Bieito es su inteligente desparpajo escénico. Sabe que tiene entre manos el mayor texto teatral del barroco español y está dispuesto a demostrar lo que sabe hacer con un material que él mismo sitúa al nivel de Cervantes o del Shakespeare maduro. Lo hace con una enorme libertad, no sólo porque trata al clásico de tú a tú, como se diría respecto de un encuentro futbolístico desigual, sino también porque se atreve a recuperar lo que supone que el texto debió de representar en su tiempo. Es decir: una vez leído, y comprendido, se trata de determinar no tanto lo que la obra dice al espectador de cualquier época sino de inventar el diálogo con el público que este despliegue de retórica podría generar en las condiciones históricas y de cultura escénica del tránsito entre siglos. Al fin y al cabo, es lo que hizo Grotowsky en los últimos 60 con otra obra grande de Calderón, El príncipe constante que aquí se daba por irrepresentable. Así que no es que este espectáculo convierta esta joya del barroco español en metáfora de la actualidad, sino que la incorporación de ciertos rasgos de lo actual -a veces tremendistas, pero en un contexto escénico que los demanda, porque el montaje de Bieito se distingue también por su coherencia- ayuda a comprender los entresijos de una obra no carente de secretos.

La vida es sueño

De Calderón de la Barca. Intérpretes, Joaquín Notario, Carlos Alvarez, Angles Bassas, Miquel Gelabert, Boris Ruiz, Roger Coma, Víctor Rubio, Benjamí Conesa. Iluminación, Xavier Clot. Vestuario, Mercè Paloma. Escenografía, Calixto Bieito, Carles Pujol. Cantaor, José M. Cerro. Percusionista, Juan Flores. Dirección, Calixto Bieito. Teatro Principal. Valencia.

Es una tragedia de apariencia inmóvil que algo tiene de triangular, en lo que respecta a lo que sugiere sobre la circunstancia atroz de sus personajes, cuya interpretación cabal conviene dejar en manos de los psicoanalistas antes que en la mente de los estudiosos de la dramaturgia del Barroco. Baste decir que algunos episodios son aquí menos explicitados que muchos de los sueños domésticos que llenan la imaginación de los comentaristas.

Hay también en este montaje como una síntesis, al parecer nada forzada, entre el trabajo de actor en estado puro, cuando es dirigido por alguien singularmente atento a potenciar algunos significados, y su armisticio con un dispositivo escenográfico que, lejos de ser neutral, sirve con naturalidad reflexionada a los propósitos del director. No sólo la dificultad del suelo, destinada a dificultar el recorrido de los protagonistas, trasunto del Edipo de pies torcidos, figura trágica a la que tanto debe esta obra. También un cierto juego tentacular de espejos donde los recursos del teatro, más que doblarse, fingen atenuarse en la encarnadura de su percepción. Un excelente trabajo de dirección que encuentra en actores como Joaquín Notario -Segismundo- y Carlos Alvarez -Basilio- unos instrumentos de excepción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001