Hoy, como siempre, compré EL PAÍS al ir a trabajar, aunque también dispongo de él en mi despacho en la oficina. Suelo empezar por la información de Madrid. Creí que soñaba: la principal noticia hablaba de mi casa, había hasta una foto de ella y se refería a 300 metros cuadrados, en vez de a 120, que es la superficie del ático.
Pensé que sería un error, pero no, no lo es, es que así parece más importante la noticia. Y el artículo, en dos páginas, terminaba con la palabra demolición.
Hace ahora dos meses compré (compramos) con la mayor ilusión de mi vida un dúplex en una casa rehabilitada en San Lorenzo de El Escorial. Comprobé previamente en el registro qué cargas tenía: una hipoteca de Caja Madrid para la rehabilitación, siempre que se cumpliesen las normas urbanísticas, en la que simplemente me subrogué (es decir, ya la tenía concedida, luego había cumplido con todo la constructora que me la vendió), y nada más. Todo estaba en orden, no existía ningún otro tipo de carga.
Fui a ver al arquitecto municipal para comprobar si, en su opinión, la rehabilitación había sido correcta, y, según él, salvo una pequeña multa que se había impuesto a la empresa constructora penalizando un 'pecadillo venial', todo estaba perfecto, y la obra, efectuada con cariño. En fin, me gustaría que me dijeran ustedes qué más cosas debe hacer un comprador. Por supuesto, el piso era precioso, y para cualquier persona, entendida o no, estéticamente puede ser la casa más bonita de San Lorenzo. El caso es que ahora parece que me encuentro (nos encontramos) con una situación que podría ser complicada.
Y me pregunto si es que he tenido la mala suerte de ser el único en Madrid que tiene un problema similar o es que he tenido la mala suerte de que el constructor haya sido presidente del PP en San Lorenzo y que, además, el alcalde también sea de este partido.
Y también si he tenido la mala suerte de que al fiscal Emilio Valerio le haya dado por perseguir al señor que me vendió el piso por alguna manía especial.
Yo sólo sé que compré un piso sin que nadie -es decir, ni el registro, ni el Ayuntamiento, ni el notario en su acceso al registro-, nadie, me indicase, a pesar de mi solicitud de información, si había alguna norma infringida o algún problema pendiente, y que no pertenezco a ningún partido, ni conozco a nadie allí con quien se me pudiera relacionar, y que no participo ni de politiqueos ni de corrupciones.
A nadie le va a resultar fácil derribarme la parte del ático que presuntamente incumple la ley -habría que demostrarlo- sin que cada uno de los implicados me explique perfectamente hasta qué punto son responsables de estas situaciones y abusos; desde luego, yo sí que no soy responsable de nada. Evidentemente, y según transcurra el asunto, llegado el momento, alguien tendrá que responder por qué y en base a qué motivos se intenta, por una parte, estropear algo tan bonito desde el punto de vista arquitectónico, y por otra, hundir la vida de personas que no hacen otra cosa que intentar ser felices y cumplir con sus obligaciones sociales en todos los sentidos.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001