La semana pasada llevé a mi hijo a la estación de Renfe de Las Matas, cerca de Madrid, para que cogiera el tren de las 6.42 a Segovia, donde estudia. 'Hay un tren parado y gente entre las vías', advirtió el chico a un kilómetro de la estación.
'Tres minutos', señaló mirando la ventana electrónica que cuelga en el andén. Eché gasolina, pagué, cogí dos periódicos, salí y la ventana decía ahora que faltaban cinco. '¿Qué pasa?', le pregunté. 'Hay obreros en la vía', contestó. Y, en efecto, cuatro o cinco tipos con mono amarillo se afanaban en la vía a unos doscientos metros; fui a ver, pero, al acabarse el andén, ya no había luz y sí muchos cables por el suelo, y me volví. Ahora, la ventana tenía un tres. 'Voy a la oficina', le dije al chico, y llegué cuando entraba un operario.
'¿Qué pasa con el tren de Segovia?' 'Faltan tres minutos', dijo. 'Ya, y antes cinco y antes tres; tenía que haber pasado a las 6.42 y son casi las siete'. 'Pues no sé más; aquí sólo expendemos billetes'. 'Pero ¿qué hago, espero o no espero? ¿Hay alguna avería?' 'Ya le digo: aquí sólo expendemos billetes'. 'Pues al menos avise a los viajeros por megafonía...' '¡Uf!, es que la megafonía está centralizada en Madrid'. 'Pues llámeles por teléfono, a ver qué pasa'. 'Es que, ya le digo, nosotros sólo expendemos billetes; además, ni siquiera somos de Renfe...' Salgo cabreado y acordándome de lo que le pasó a Millás con su ordenador y Telefónica, y en ese momento se oye por megafonía que ya viene el tren, aunque 'con una demora de 25 minutos'.
'¡Hombre, qué detalle! Renfe me informa del tiempo que yo llevo esperando'.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001