¿Es usted neoliberal? ¡Por supuesto que no! Los neoliberales se comen a los niños crudos; los neoliberales son insensibles y feroces. Usted no es neoliberal porque 'neoliberalismo' ha venido a significar, en virtud del uso polémico que del término ha hecho la izquierda, todo lo que es odioso y repulsivo. Muy comprensiblemente, los neoliberales serios rehúyen la voz 'neoliberal'. Se designan a sí mismos con palabras técnicas o inventadas ad hoc.
Yo no soy partidario, sin embargo, de inventar palabras. Las palabras recibidas son inseparables de los debates, y a la postre resultan ineludibles. Así que les voy a proponer una definición de 'neoliberal' que no parezca mal traída a los neoliberales ni a los enemigos del neoliberalismo, y que esté exenta de las connotaciones negativas que desde el principio ponen plomo en los dados. Lo que me sale... es más o menos lo siguiente: son neoliberales quienes conciben el mercado como un modelo moral. Los neoliberales opinan que la sociedad sería más justa, y más benéfica, si el conjunto de las transacciones humanas, o la mayor parte de ellas, se fiara a los mecanismos del mercado. Espero que, de momento, nadie vaya a levantarme la voz. Ni los neoliberales, ni los que no lo son. La adopción del mercado como modelo moral será ineficaz, esto es, carecerá de efectos prácticos, si no dilatamos el concepto 'mercado' hasta incluir en su órbita una porción interesante de la conducta humana. Y lo último exige a su vez que se estudien con los instrumentos de la ciencia económica actitudes o comportamientos que no suelen considerarse regidos por el cálculo económico. Verbigracia, el amor parental o las preferencias estéticas. Disponemos ya de un clásico sobre lo primero: A Treatise on the Family, de Gary Becker. En el texto de Becker, la madre compara el bien que es un hijo con el bien que es un helado de pistacho, y pone precio a lo uno y a lo otro. O, para ser más exactos, evalúa las utilidades marginales que cada uno le reporta, mira los dólares que tiene que gastarse y, en vista de esta relación, opta por el helado o por el hijo.
El asunto suena un tanto fuerte. Conviene, sin embargo, no confundirse. Gary Becker no descarta que existan, por ejemplo, individuos altruistas. Tan sólo afirma que los últimos introducen en su función de utilidad el bienestar de la persona por la que están prestos a sacrificar la hacienda o la vida. Lo irrenunciablemente distintivo, lo característico del enfoque económico no es, por tanto, la negación de los sentimientos elevados. Es la idea... de que el consumidor compara todo con todo, y de resultas, somete todo a una evaluación sistemática de costes.
¿Hemos terminado? No. En la definición que acabo de darles, tan diáfana en apariencia, existe un centro opaco. No se ha aclarado aún lo más importante: qué es lo que convierte al mercado en un modelo moral. De hecho, es posible adoptar dos perspectivas por entero dispares. Con arreglo a la primera, el mercado es bueno en tanto que es eficiente. Eso suelen dar por sentado quienes elogian el mercado porque promueve el crecimiento de la renta, o desaloja a las industrias poco productivas, o destruye los monopolios, etcétera, etcétera... Los que hablan de la eficiencia del mercado no desatienden el contencioso de la libertad. También el mercado es bueno porque en él el consumidor es libre de hacer de su capa un sayo. Pero la utilidad predomina como referente último. Von Mises formuló bien el punto en La acción humana: 'Las enseñanzas de (...) la política económica clásica nada tienen que ver con la teoría de los derechos naturales. Recomiendan la democracia, la propiedad privada, la tolerancia y la libertad no porque sean instituciones naturales y justas, sino porque resultan beneficiosas' (cap. VIII, 8). Es obvio que la aproximación utilitarista, en alianza con el reduccionismo economicista, puede llevar a los neoliberales indefinidamente lejos en la dinamitación de la ética convencional. Por ello mismo, ser neoliberal y a la vez conservador encierra una contradicción descomunal.
Junto a este neoliberalismo, o neoliberalismo de tipo A, tenemos un neoliberalismo B de cuño libertario. Según el neoliberalismo B, el mercado no es bueno porque sea eficiente, sino que es bueno porque presupone la libertad de elegir. La libertad importa infinitamente más que la eficiencia, hasta el extremo de que una distribución de bienes en el mercado se considera aceptable si, y sólo si, deriva de la anterior merced a las discrecionalísimas elecciones de los agentes económicos. Buchanan integra un buen exponente del neoliberalismo B (véase The Foundations for Normative Individualism). Seguiré ocupándome, con todo, del neoliberalismo A, el más dominante sociológicamente. Y ahora, vayamos al grano. ¿Es cierto, como afirma la izquierda, que los neoliberales andan flojos de remos en materia de fervor democrático?
A principios de marzo, Joaquín Estefanía y Carlos Rodríguez Braun, amigos míos ambos, mantuvieron sobre esta cuestión un debate muy instructivo en la Ser. El debate giró en torno a la colaboración de algunos neoliberales con las dictaduras del Cono Sur. Según Estefanía, había llegado el momento de que los neoliberales hicieran un examen de conciencia parecido al que ha hecho la izquierda tras la caída del muro. Braun repuso que Friedman se había paseado por Chile lo mismo que más tarde por China: para impartir buena doctrina. Estefanía recordó que algunos discípulos de Friedman habían sido ministros de Pinochet, y que esto es más que impartir buena doctrina. Y el asunto quedó más o menos ahí.
Pues bien, discrepo de ambos. De Estefanía, y de Rodríguez Braun. En mi opinión, el paralelo establecido por Estefanía no fue justo. En tanto que buena parte de la izquierda ha compartido durante mucho tiempo el ideario comunista, o una fracción de este ideario, los neoliberales colaboracionistas no han compartido ningún ideario con Pinochet. El golpe chileno fue una reacción homicida de la derecha contra una apuesta revolucionaria de la izquierda. No había, detrás de esta reacción, una ideología articulada. Luego, llegaron los enjuagues. Pinochet esperaba que los chicos de Chicago le arreglasen la economía, y los chicos de Chicago decidieron que valía la pena montarse a lomos de la bestia si de ese modo podían introducir reglas de buen comportamiento económico. Existióoportunismo recíproco, no comunión de credos.
Pero Rodríguez Braun eludió la cuestión. Los neoliberales utilitaristas carecen de una teoría firme de los derechos individuales que pueda operar como una garantía normativa contra comportamientos ocasionalmente antidemocráticos. El concepto de derecho individual, que es una secularización del concepto de derecho natural, está ausente, como hemos visto, de la manera neoliberal de entender las cosas (estoy hablando siempre de neoliberalismo A). Y esto es importante a efectos morales y políticos. Nos enfrentamos, además, a un factor sicológico. No es infrecuente que el neoliberal relacione la tardanza del mercado en imponerse como modelo universal, con la necedad humana, y se vea tentado en consecuencia a incurrir en posiciones no desemejantes a las del déspota ilustrado. Lean, si no, La mentalidad anticapitalista de Von Mises. En este libro, que rezuma desprecio hacia la especie, se dicen cosas tales como que 'la civilización occidental adoptó el capitalismo por el influjo exclusivo de una reducida élite'. Durante un rato, algunos discípulos de Friedman se consideraron representantes de esa élite, allá por Tierra de Fuego. Este pujo vanidoso no debe ser tomado a humo de pajas. Y ello con independencia de que el concurso en la política de tal o cual ministro beneficiara, finalmente, a los chilenos.
Álvaro Delgado-Gal es escritor.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001