'Dos artefactos explotaron anoche en los juzgados, sin causar heridos pero sí cuantiosos daños materiales' (De la prensa local)
Iba yo deambulando, perdida entre las ruinas. Hubo un tiempo en que este sitio pudo ser maravilloso, como la terraza de un café vienés. Un pasaje en que uno podía detenerse, encontrarse con buenos amigos, conversar sin prisa, dejarse estar... Livianas estructuras metálicas acristaladas debieron filtrar los rayos de sol y, más a menudo, detener la fina lluvia -nuestro sirimiri- trasformándola en un tamborileo arrullador. Pero ahora esas cristaleras ya no existen. Sólo quedan unos hierros retorcidos y oxidados. Tampoco hay sol, ni tampoco lluvia. Sólo esta niebla espesa en la penumbra, que no sé si preludia el anochecer o, tras la interminable noche, un amanecer que no acaba de cuajar.
Sé que esto es un sueño, pero es el sueño en que estoy atrapada. Porque he estado en este sitio antes de ahora y temo que, sólo por evocarlo, pueda volver a hacerse realidad. Aunque antes yo iba huyendo, siempre huyendo de ellos y corriendo. Corría jadeante, mientras ellos estaban cada vez más cerca de alcanzarme y ya podía distinguir el verde de sus uniformes. Entonces solía despertarme cubierta de sudor. Pero ahora no siento que nadie me persigue; así que, sin duda, debe tratarse de un sueño distinto del que, tarde o temprano, acabaré por despertar. Este pensamiento me tranquiliza. No me hace ilusión volver a la realidad. ¿No podría permanecer aquí, o al menos pararme un momento a descansar entre estas ruinas que se me han vuelto de pronto acogedoras? Me he sentado en una piedra y he mirado alrededor. No hay mucho que ver con esta niebla. Aunque, de pronto, me ha parecido distinguir una luz o un destello. Pero si es capaz de refulgir con tanta fuerza como para atravesar la niebla ha de ser algo valioso. Una piedra preciosa o un brillante. Una esmeralda, tal vez.
Me he acercado hasta tenerlo al alcance de la mano. La esmeralda ha resultado ser el fondo de una botella rota. Y ha dejado de brillar en cuanto lo he cogido. Lo sabía. No podía tratarse de otra cosa. La realidad vence a los sueños en cuanto son hermosos. He vuelto a colocar en el suelo este humilde trozo de vidrio, procurando dejarlo en el mismo ángulo en que estaba. Para que no pierda sus poderes mágicos para iluminar aunque sea un instante de otra vida, la de alguien que pase por ahí. ¿Es eso todo lo que puedo esperar, instantes maravillosos que se apagan en cuanto te aproximas? ¿Es que todo lo valioso se encontrará ya en el pasado? He regresado a sentarme sobre mi piedra favorita. Ya no veo brillar ahí fuera nada. Todo está calcinado y en pedazos. Pero quizás ese efímero momento de ilusión ha avivado algún rescoldo en mi interior. Una esperanza humilde; la del anteúltimo verso de aquel tango que durante demasiados años no entendí.
¿Otra aparición? Ahora la niebla se ha rasgado y por la grieta se divisa un esbozo de figura, tan delgada como un Giacometti, que no sé si va a desintegrarse o es que regresa de alguna muerte anterior. No siento miedo, pero miro hacia sus manos. Cuando por fin alcanzo a distinguirlas, veo que no se esconden tras la ropa. No me gustan las manos que se ocultan, y sé lo que me digo. Pero éstas van abiertas y extendidas. Buscando. Como las mías.
Me he puesto de pie y sigo intentando perforar la niebla. Ahora descubro sus ojos y mi mirada se encuentra con la suya. No sé quién es. Seguramente es de esos que -antes- eran ellos, cuando yo todavía era de los nuestros. Sé que él está pensando algo parecido de mí. Sé que primero ha querido saber si tengo manos o un siniestro apéndice metálico.
Al mirarnos, los dos hemos sabido que podríamos entendernos. Aunque quizás no hablemos y permanezcamos sentados, compartiendo un rato estas ruinas que no pertenecen al mismo pasado, pero podrían constituir una misma prehistoria. O quizás intentemos encontrar juntos un camino. Y un nuevo sueño. Porque estoy empezando a darme cuenta de que detrás de esta penumbra nos aguarda el día.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001