Dos acontecimientos recientes (el discurso que le hicieron leer al Rey y la exposición de los Omeyas en Córdoba) han vuelto a poner de actualidad la vieja tentación por rescribir la historia a nuestro gusto, o, mejor, al gusto de quienes pueden hacer llegar a los demás sus ocurrencias. Si cualquiera de nosotros, cuando viene al caso, embellece y aun falsea su pasado particular, ¿qué no ocurrirá con el pasado colectivo, mucho más fluido y borroso en nuestras conciencias, por mucho que esté aprisionado en los documentos escritos?
De los Omeyas y de la tentación 'arabizante' hablaremos otro día. Hoy tocan los idiomas. Las lenguas tienen la virtud, cuando viajan, de redimir a sus portadores. Nadie duda de que fue un gran beneficio para Europa la expansión del latín, del que surgió una de las familias lingüísticas más ricas y creadoras que se conocen; pero ¿pensaron igual en su momento los lusitanos, numantinos o cántabros crucificados, degollados, vendidos como esclavos o, simplemente, exprimidos a base de impuestos?
Hoy es cierto que poseer el castellano puede ser el punto de partida para la mejora social y económica de tantos indios americanos (aunque, viendo las ciudades de barracas de México D.F. o Lima, hay que hacer un acto de fe muy grande para seguir creyéndolo). Pero quizá no lo consideraran así los antecesores de esos indios, esclavizados en las minas o las encomiendas, o 'aperreados' (literal: entregados, vivos, a ser comidos por perros). Que en la difusión de las lenguas hay siempre relaciones de fuerza lo tenía muy claro Nebrija: '[Nuestra lengua castellana] se extendió después hasta Aragón y Navarra y de allí a Italia siguiendo la compañía de los infantes que enviamos a imperar en aquellos reinos' (pero se equivocó: Aragón y Navarra hablaron castellano sin necesidad de infantes, y en Italia, donde hubo infantería, no prosperó el idioma).
El castellano, sí, funcionó y funciona en muchos lugares como una 'lengua de encuentro', vehículo en que se comunican gentes con otros códigos lingüísticos. Incluso hay quien cree que nació así, para que se entendieran los montañeses vascos y los mozárabes de la Meseta o del Valle del Ebro. Pero en su historia, como en la de todos los idiomas, hay sombras; mejor dicho, no en la suya, sino en la de sus hablantes. Si bien en la Edad Media no se prohibieron lenguas en ningún sitio (las sumisiones que se exigían eran otras), ya en 1500 los moriscos empezaron a conocer una larga serie de decretos que les vetaban el uso de su árabe. Algo más de dos siglos después les tocó el turno al catalán en España y a las lenguas indígenas en el Nuevo Mundo. Y del siglo XX, ¿para qué hablar?
Epílogo para andaluces: a Andalucía claro que llegó el castellano por la fuerza de las armas. Pero no hubo que imponerlo a nadie: los antepasados de los andaluces de hoy llegaron aquí con las armas y con el idioma puesto.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2001