Los Lakers contra los Sixers o, lo que es lo mismo, Bryant-O'Neal contra Iverson. La final de las finales de la NBA, al mejor de siete partidos, comienza en la madrugada de mañana (3.00, hora española, Canal +) con un duelo desigual entre un equipo hasta ahora intratable, Los Ángeles Lakers -vigente campeón-, y otro que ha tenido que echar el resto para volver, 18 años después, a una cita similar, el Filadelfia Sixers. En aquel 1983 los Sixers lograron su cuarto título y precisamente a costa de los Lakers con un aplastante 4-0. Pero en aquel inolvidable equipo estaban Julius Erving y Moses Malone. Shaquille O'Neal tenía, por entonces, once años. Y Kobe Bryant, cuatro.
Llegan los Lakers a la cita decisiva tras encadenar paliza tras paliza, hasta el punto de que en su trayectoria en la fase final de la competición no ha conjugado otro verbo que el de ganar. Once partidos jugados, once partidos ganados. Así han escrito su paseo en estos play-offs: 3-0 al Portland, 4-0 al Sacramento y 4-0 al San Antonio. Los tres, despedidos sin contemplaciones por Bryant, O'Neal y compañía.
Enfrente, los Sixers, un conjunto que ha tenido que jugar hasta 18 partidos en la fase final y que fue superando de modo sucesivo al Indiana (4-1), el Toronto (4-3) y el Milwaukee (4-3). En los dos últimos casos, el conflicto se resolvió en el último acto y la balanza bien pudo desequilibrarse a favor del rival. Sobre todo, del Toronto, que rozó la gloria en el séptimo partido (87-88). En el caso de los Lakers, la balanza jamás pudo volcarse a favor de nadie que no fueran ellos mismos.
La final está repleta de nombres propios. El de Allen Iverson, escolta de los Sixers, que fue nombrado jugador más valioso de la fase regular del torneo, decisión no exenta de polémica pese a que fue el máximo anotador de ese tramo del torneo (31,1 puntos de promedio por partido). Quizá por ello el escolta del Filadelfia decidió firmar unos play-off finales deslumbrantes y, lejos de bajar su producción, la elevó todavía más (31,9 puntos).
El mejor socio de Iverson ha resultado ser Dikembe Mutombo, el gran culpable -Iverson aparte- de que el Milwaukee no siga en la competición. En sus enfrentamientos ante el equipo de George Karl ha promediado 16,6 puntos y 15,6 rebotes por partido.
Pero esta vez tendrán enfrente a O'Neal y eso son palabras mayores: 29,3 puntos por partido, 15,3 rebotes y el pánico habitual en sus rivales le avalan. Pero no es O'Neal el único problema de los Sixers, ni quizá el mayor. Junto a él, empeñado en negar su supremacía, está Bryant convertido, con sus 31,6 puntos, siete rebotes y 6,2 asistencias por partido, en el caudillo de un conjunto cuya dictadura nadie ha osado contestar en 2001.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2001