Con Franco cantábamos mucho en los colegios, del Cara al sol al Con flores a María, pasando por el Montañas nevadas y el Perdona a tu pueblo. Cantos de héroes y de mártires que eran dos profesiones con mucho prestigio, aunque con mucho riesgo. Ahora, a los niños y a los no tan niños catalanes quieren ponerles a cantar Els segadors antes de las clases, con una letra light en la que se ha suprimido aquello de hacer tinta roja con la sangre de los castellanos que se pusieran a tiro. A los héroes de la catalanidad, lo de derramar la sangre de sus enemigos sin más les parecía un derroche innecesario, porque con ella podían escribirse páginas y más páginas de gloria, o de cuentas.
Es como si a los niños del resto del Estado español se les obligara a entonar el himno nacional en clase -comentaba un diario madrileño-, pero, que uno sepa, el himno del Estado español, hoy por hoy, no tiene letra, aunque durante el franquismo le pusieron una que invitaba a los españoles a alzar los ojos, que los llevaban pegados al suelo por si encontraban una peseta sobre la acera o, en su defecto, una colilla aprovechable; además, si levantaban la vista demasiado podían caer deslumbrados, fulminados por los poderosos rayos del astro rey, invocado en el himno paralelo y subsidiario de la Falange que invitaba a broncear la epidermis y a poner cara al sol que más nos calentaba. El sol volvía a invocarse en otra estrofa que hablaba de una 'patria que supo seguir sobre el azul del mar el caminar del sol', cosa que hacían también muchos españolitos de entonces, no como conquistadores, sino más bien como emigrantes de las Américas.
Els segadors será materia obligatoria en las aulas catalanas, pero también hay una lista de canciones optativas, se supone que patrióticas, en la que aparece L'Estaca de Lluís Llach. Una canción que aprendimos a cantar muchos madrileños cuando estaba prohibida, para cantársela luego al propio autor que nos acompañó a la guitarra en un memorable concierto celebrado en el teatro Español. La censura le había prohibido cantarla, pero no tocarla, y los progres nos aprendíamos de memoria y comprendiendo todas las letras que estaban prohibidas, en catalán, en euskera o en argentino de las pampas.
En Madrid tenemos un himno comunitario que no se puede, ni se debe, cantar porque así lo hizo el profesor García Calvo, que detesta los himnos patrióticos y los estribillos nacionalistas. Si tuviéramos que buscar en Madrid una canción tradicional con la que confeccionar un himno para castigar a los niños de los colegios, me temo que tendríamos que echar mano del Pichi de Las Leandras, incorrecto en lo político, en lo social y en lo sexual, porque el castizo arquetipo representado en su texto, aunque interpretado por una mujer travestida, de Celia Gámez a la Cantudo, es el autorretrato de un macarra, proxeneta y extorsionista que va castigando, del Portillo a la Arganzuela, en busca de carne y pasta frescas.
Imagínense un coro de voces blancas, de pie junto al pupitre, con una mano en el corazón y en sus labios aquello de 'Anda y que te ondulen con la permanén y si te sulfuras tómalo con seltz' o aquello otro de 'Las ondulo y estructuro y las saco más de un duro pá gastármelo en tus vicios y quedar como un señorr'.
Por si un día me consultan como asesor experto en la materia, he empezado a hacer una lista de canciones castizas optativas y pedagógicas, en la que llevo anotadas la de 'Madrí, Madrí, Madrí, la cuna del requiebro y del chotís', 'Cuando vayas a Madrid chulapa mía', por aquello del 'agasajo postinero en Chicote con la crema de la intelectualidad', crema de intelectuales que podría servirse como aperitivo del Cocidito madrileño de Pepe Blanco. No debería faltar tampoco el Hala Madrid, que últimamente cantaron subidos a la Cibeles, o en su entorno, los devotos merengues. Aunque, para no despertar susceptibilidades, tal vez debería adoptarse como himno aquella de 'Madrid tiene seis letras', verdad absoluta, objetiva y equidistante pero más propia de un crucigrama que de una patria.
La lista termina por ahora con el himno de Sabina, una canción más realista y sentimental aunque su conclusión suene un tanto derrotista: 'Aquí no queda sitio para nadie, pongamos que hablo de Madrid'.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2001