La sala Rekalde de Bilbao acoge desde ayer, y hasta el 29 de julio, la exposición Fotografías 1977-1998, una selección de 145 imágenes captadas por Alberto García-Alix (León, 1956). El blanco y negro es el protagonista absoluto de este extenso compendio de los cinco lustros que lleva asido a una cámara, desde que sus padres le regalaron la primera y decidió aferrarse a ella con un fin: 'Para disciplinarme'.
Anarquista convencido, apasionado de las motos y los tatuajes, director de la publicación El Canto de la Tripulación durante nueve años y Premio Nacional de Fotografía en 1999, García-Alix se ha convertido a través del objetivo de sus cámaras en un cronista urbano, un testigo de excepción de fenómenos como la movida y un certero retratista. Ésta última faceta queda ampliamente cubierta con sus visiones de Alaska, McNamara, Santiago Auserón, Johnny Thunders, Inés Sastre, Jodorowski o Emma Suárez. Acostumbrado a prestar atención a cuanto le rodea, tampoco escapan a su curiosidad escenas llenas de desconchones, callejones, rincones desvencijados, vida en el filo y marginación. Cuestión de principios. 'Lo que no suelo hacer nunca es poner decorados ampulosos; odio cuando la vida huele a dinero. No me gustan los fondos rococós, epatantes, artificiales; cuanto más tristes y más desvalidos, mejor', corrobora un creador con una cabeza que ha sido sobrevolada por muchos fantasmas.
'Recuerdo haber roto muchas fotos por temor a la policía, por si encontraban las de mis amigos drogándose', dice en alusión a instantáneas que están representadas en la exposición. 'Si a alguien no le gustan mis fotos, me importa tres mierdas', sentencia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2001