Hace muchos años que cito el 'fascismo de empresa'. No me refiero a la empresa como tal, sino a lo que puede ocurrir dentro de ella. La empresa sigue un modelo -o ha proporcionado un modelo- común en toda la vida del siglo pasado: un conductor, una aristocracia, unos funcionarios: y una base. Como un partido, un regimiento, una democracia real. Cuando hablo del fascismo de familia tampoco critico un esquema, sino la posibilidad de terror, angustia, anulación, que un personaje de ella puede ejercer sobre los demás. Algo que no encarcela al individuo, pero 'le aislará, le impedirá su realización humana y política'. Me cito en 1974. No había muerto Franco, y el fascismo mandaba en España. Y cito también: 'Todo aquello que no acepta la posibilidad del propio error, todo lo que no cree en la posibilidad de la razón del otro...' y '... fascismo es siempre la creencia de que se está en posesión del bien absoluto y que todo lo demás representa el mal absoluto. Es la negación de todos los matices que caben en una sociedad'.
Más o menos ésta es la situación que se denuncia en un libro de ahora mismo que denuncia el 'acoso moral' en el trabajo, cuyo autor se declara en las televisiones (aún no he leído el libro). Es el mal de quien se ha ido quedando aislado, de aquel a quien se degrada sin saber por qué, al que se aparta -dice el autor- de las tomas de decisión. Yo me refiero a formas incluso más graves: el insulto, la crueldad del capataz o del jefe de negociado sobre quien no le puede contestar. Ahora contra grandes grupos de inmigrantes en trabajos más o menos legales. Pero forman un grupo y se saben maltratados por ser ellos: el acosado de empresa, burlado por sus compañeros, es un solitario cuya vida entera puede depender de esa situación.
Como en los colegios. Recuerdo especialmente mal a los profesores que eligen a uno para burlarse o para gritarle, y las carcajadas serviles de los otros alumnos. Hablo del continuamente castigado porque no se respeta su torpeza, su ignorancia previa, su horror en la familia. Ahora parece que es al revés y también entonces: Pérez de Ayala, que fue republicano un breve tiempo después de perder la guerra, escribió un cuento sobre un maestro maltratado. Me equivocaré si lo cito como Luz de domingo: así lo recuerdo. Aparte de las definiciones de fascismo permanente -qué le importa a una mujer o a un hombre el final de una dictadura, si su pareja es cruel-, es cosa de fuerza. Más allá de lo moral: el que tiene el poder de despedir, quien tiene el bíceps, quien abusa del sometido. Ni sabe que es fascista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 6 de junio de 2001