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COLUMNA

Obsesiones

Las palabras se despiertan a veces con una voluntad ingobernable. Llegan, piden turno en la cola que forman los adjetivos y los adverbios ante el mostrador de las ideas, ocupan el centro de las conversaciones o de las páginas, y se hacen notar penosamente, convertidas en el espectáculo ingobernable de la fiesta, como el borracho que pierde el sentido del ridículo. Las palabras suelen ir por la vida como alumnas uniformadas en el colegio del idioma, pendientes de la disciplina al saludar en público y de sus rodillas al sentarse, acostumbradas a no dar la nota, porque su belleza y sus poderes biológicos están destinados a la reproducción de un aire compacto de familia. Pero hay días en los que se levantan ingobernables, dispuestas a tirar las sílabas por la ventana. Las palabras se quitan los calcetines, se ponen zapatos de tacón para hacer ruido en los pasillos del estilo y buscan un teatro de operaciones. Algunas prefieren la fama callejera, el tumulto ingobernable de los televisores o de las plazas, y saltan por las bocas igual que si fueran de cama en cama, hasta convertirse en moda social, en estrellas de temporada, acompañantes asiduas de políticos, locutores y ciudadanos parlanchines. Otras se deciden por la soledad rumiante de una pantalla de ordenador, y esas son el peligro, la pesadilla de los escritores.

Porque no es raro que un escritor se vea perseguido por una palabra. Sin saber por qué, sin excusas ni responsabilidades previas, un adjetivo ingobernable puede amargar con sus diabólicas terquedades una sesión completa de trabajo. El escritor abre la puerta, recibe con alegría inocente la visita del enemigo enmascarado, le pide consejo una vez, dos veces, hasta que descubre con pánico la fiebre aguda de una infección. Ese día todos los caminos conducen de manera ingobernable a la misma palabra, porque no hay frase, pensamiento, situación, quiebro, verso, capítulo, retrato o tono que no se resuelva con el adjetivo impertinente. El tiempo se hunde en los relojes, y sale de vez en cuando a la superficie para molestar, para decir que lo dejemos, que la mañana ya está perdida por culpa de una palabra ingobernable, por la obsesión egocéntrica de una invitada que dirige las discusiones, pone las copas, selecciona la música y baila desnuda y torpe en el centro de la pista. Los dedos son caballos viejos sobre las teclas del ordenador, galopan a la querencia de su cuadra, buscan con un instinto ingobernable el dichoso adjetivo, el miserable adjetivo de todos los demonios. Encontrar una palabra exacta es difícil, pero resulta más difícil aún soportar los bombarderos y el hambre de un ordenador sitiado, romper el cerco de las palabras obsesivas.

La única manera de recuperar la calma es poner a cada adolescente en su habitación, cada impertinencia en su sitio, cada adjetivo loco en su página. El escritor debe acudir a la agenda telefónica, probar suerte y hacer una ronda de llamadas entre los compañeros de trabajo. Hola, ¿qué tal?, ¿cómo te va el día? ¿Mal? ¿Que llevas tres horas buscando un adjetivo? ¿no te servirá por casualidad ingobernable? Magnífico, no saber el favor que me haces, ahora mismo te lo mando en un taxi. Sí, sí, en un taxi.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001