Ya van dos. Efectivamente, dos son las agresiones que han sufrido las cigüeñas del Ayuntamiento y los flamencos que ha colocado junto al Pilar Nuevo la corporación municipal de este bello pueblo de la Sierra Norte sevillana. La primera vez robaron una, la segunda vez han destrozado con saña y mala leche los tres hermosos animales que están en la glorieta de entrada a Castilblanco y uno de los flamencos que retozan sobre una alfombra de verde cesped.
Sin embargo, no deben asustarse los ecologistas. Las cigüeñas que hay en la torre de la iglesia no han sufrido el menor daño; las cigüeñas y flamencos a los que me refiero son de adorno. Aspecto éste que no le quita gravedad a lo que está sucediendo en Castilblanco. Sospecho, en definitiva, que los salvajes que hacen estas fechorías no son simples vándalos, son fanáticos que obedecen a no sé qué ideología fascista y reaccionaria, más cerca de antiguas órdenes militares de la Edad Media que de los ideales democráticos y de los derechos humanos. Derechos que pueden coincidir con la ética del Evangelio, que conservan -a pesar de la Iglesia institucional- el pueblo cristiano y los teólogos y moralistas castigados por Roma.
Alguien interesado y poco solidario con sus propios compañeros, podría pedirme pruebas de estas afirmaciones: Pues mire usted, allá por el mes de agosto algunos -¿cristianos?- aporreaban las puertas del Ayuntamiento durante la procesión de la Virgen de Gracia y llamaban cacique y otras cosas al alcalde, ante la presencia del mismísimo cura de Castilblanco. El que suscribe ha recibido pedradas en el techo de su casa y me he encontrado las ruedas de mi coche pinchadas poco después de firmar algunas cartas con las siglas del PDNI (Partido Democrático de Nueva Izquierda). Ahora se suceden los ataques contra propiedades del Ayuntamiento y del pueblo. Espero, no obstante que la nueva casa de la cultura (¡magnífica!) la dejen en su sitio y no la empujen hasta el nuevo pantano de Los Menonares hundiéndola en sus aguas.
Señores fánaticos, por favor, dejen ustedes de liderar falsos movimientos populares, que más bien obedecen a intereses de fanatismo institucionalizado, y escóndanse en su secta.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001