Lo primero que me dijeron algunos argentinos excesivos al preguntarles por Varela fue:
-Es la mina de Menem.
Fue hace algunos años. Manuel Vázquez Montalbán la había sacado en su Quinteto de Buenos Aires, el penúltimo delirio apocalíptico de Carvalho, y poco después yo la había escuchado en un disco muy elegante del Sexteto Mayor.
-Puaf..., es la mina de Menem -seguían diciendo, cuando yo empezaba a confesarles, no sin cierto temor, que no había oído nunca un tango más limpio y mejor encarado con su tiempo.
Cuando pude conocerla, hace ya un par de años, en su primera visita a Barcelona como cantante -no es que hubiese estado antes en la ciudad como mina de Menem: sólo acompañaba a su marido de entonces, un tenista que nunca salvó las rondas preliminares del Godó-, me dijo, nada más sentarse en la mesa de Leopoldo y sin que yo, de la emoción transido, aún hubiese podido articular palabra:
-Nunca fui la mina de Menem.
Así que gracias a unos y a la otra empezó a caerme bien Menem, al que hasta el momento no recordaba haber visto en otro lugar que en el escenario del remoto teatro Capsa, la remota noche en que vi representar a José Luis Gómez su Informe para una academia. Alabé el gusto del presidente: Varela era una mujer fascinante incluso con la boca cerrada, hipótesis compleja dada su boca y lo que lleva dentro.
Nunca he acabado de entender a mis argentinos. En su cosmovisión, ¡es la weltanschaung che!, la primera obligación de una tanguera es dotarse de un pasado bien corrupto y bien humillante. A mis prófugos del peronismo, y a sus psicoanalistas, lo que mejor podría sentarles es que la mina de Menem les rompiera el corazón, una noche, escuchando Afiche, por ejemplo.
-Ah, la puta, ah, la gran zorra, ah, la perona rabona, ¡cómo canta!
En cuanto a ella... Las gentes como ella son las únicas que pueden utilizar los puntos suspensivos.
-¿Menem, dice...?
El caso es que viene Varela. El miércoles 11, en el Grec. Calor y noche y Varela, más no puede pedirse. Trae su ultimísimo disco, Más tango, un título soso como el tenis y como el propio nombre de Adriana. No lo he escuchado. La globalización -esa bendición del cielo que incluso permite volver a romper lunas con causa- no ha llegado al tango, la gran música de las ciudades, puro instinto urbano, sin campos de algodón ni gitanos canasteros. Escuchar su penúltimo, Cuando el río suena, me costó trámites muy viciosos con el diario Clarín y su servicio de crítica y venta, todo integrado. En España aún no hay noticias de ese disco tremendo. Y seguirá sin haberlas. Me envían el repertorio de lo que la muy grande Varela va a cantar en el teatro: tangos enormes, no teman (con la educada excepción de Fuimos: que lo canta mejor, más triste, Elba Picó, la nostra); pero ninguna de las murgas y charangas extraodinarias de ese penúltimo disco donde hay tango, pero sobre todo folclor de frontera -tal vez el único folclor digerible- y una mujer en el pleno uso de sus facultades estéticas.
Una mujer. Por supuesto. Nada más femenino que el tango. Acabado el siglo XX, las navajas, el bulín mistongo y el duelo de hombres solos en los barrios del exilio, únicamente las mujeres pueden comprender y difundir sin rubor, con la sequedad de un cronista, lo que los hombres hicieron por ellas. Incluso los golpes.
Ojalá hubiese amado a Menem, argentinos. Si insisto en el asunto es porque la quiero y quiero contribuir a su densidad de diosa y porque sé que el público tiene alma de loca. He pasado dos años evocando el par de noches que Varela cantó en la plaza del Rei, en mi sola presencia, y en la de una pobre chica aterrorizada que oraba por no tener que cruzarse nunca en la vida con aquella fiera. No había más gente: si en algún concierto ves a los otros, no hay música, sólo ecos de sociedad. Para sobrevivir, mientras tanto, he repetido una y otra vez sus discos, sobre todo en el coche, muy fuertes. Lloviendo, camino del puerto y cruzando en ámbar. Como un pobre tango.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001