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Tribuna:REDEFINIR CATALUÑA

SOS lengua

Puesto que podríamos hacer algo parecido a un balance de estas páginas que pronto entrarán en esa bendición divina llamada vacaciones, me atrevo a asentarme en la fuerza moral que creo que me da el susodicho. ¿Balance? Quizá algunos intentos de reflexión, desde una posición crítica pero comprometida con el progresismo, una cierta convicción en la libertad de los planteamientos expresados, no sé si vocación de Mafalda -como asegura el amigo Joan Barril-, y el deseo, expresado incluso en titular, de buscar nuevas definiciones al viejo, mutante y de momento aburrido país. Quizá también el deseo explícito de formar parte de ese repensar Cataluña tan urgente y a la vez tan poco hecho. Pero de todos los balances posibles de estas decenas de artículos que hemos compartido -¡gracias, colegas, por los inteligentes correos enviados!-, lo que creo que es indiscutible es el intento de reflexión crítica de los planteamientos nacionalistas, intento que me ha llevado tanto a denunciar el abuso de la bandera lingüística por parte del Gobierno como a poner en duda la propia validez del término nacionalista. A ello apelo hoy, antes de que me caigan los chuscos clásicos a raíz de la reflexión que quiero hacer. A vueltas con la lengua. Podríamos decir que las circunstancias obligan, puesto que ayer hubo el proceso penal -¡penal!- contra el rector de la Rovira i Virgili, pero mi intención no es hablar de la contingencia, sino aprovecharla. Ciertamente, lo del proceso me parece una auténtica sandez propia de un país que realmente ha llegado a ser la caricatura de sí mismo. Una norma estúpida, un grupo de cruzados a favor de la evidentemente sufrida, desprotegida y débil lengua del imperio, la figura de Vidal-Quadras antes de su autoexilio amoroso, un juez que tramita la cosa y finalmente un lío monumental que sólo tiene que ver con la realidad en su tendencia al ridículo. La realidad, la tozuda, la dura, la frágil, es que el catalán es una lengua que ha ido perdiendo espacio y prestigio, que cada vez es más conocida y menos usada -cual latín de la posmodernidad-, y que hay paisajes enteros de la vida colectiva donde ya no tiene cabida o no la ha tenido nunca. Desde el mundo financiero hasta el comercial, pasando por el deportivo, el mediático o el judicial, resulta evidente, si nos ponemos serios, que la salud del catalán ha empeorado considerablemente. De anteayer mismo eran unas declaraciones de Biel Mesquida, desde su atalaya balear, donde hablaba, con agrio pesimismo, de la lengua herida. Esa es la situación real, y sin embargo hemos entretenido al personal con peleas surrealistas -algunas han derivado en judiciales- en las que ha triunfado la épica de la demagogia por encima del rigor del análisis. Por supuesto, habrá quien se haya apuntado a la épica por convicción, pero no vamos a ser ingenuos a estas alturas de la vida: la presión política, la intencionalidad y, al fin y al cabo, un modelo ideológico de lo español han estado siempre detrás de la cruzada.

Dicho lo cual, ¿por qué no lo dejamos ya? Mi apelación va directa al corazón de una intelectualidad que, con más o menos matices, ha sido una ilustre y prestigiosa coartada de toda la pelea, harto esperpéntica, que hemos vivido con la excusa de la lengua. Creo que va llegando el momento de alcanzar un pacto lingüístico donde unos y otros entonemos los mea culpa pertinentes, desde el sectarismo que sin duda hemos practicado. Igual que escribí que Cataluña no podía prescindir de las cabezas bien amuebladas de los Félix de Azúa, o de las brillantes plumas de los Moix o las Regàs, también me parece exigible su compromiso lingüístico actual. Queridos posbabelianos, el catalán está mal. Retrocede seriamente en amplias zonas del mapa lingüístico -y en más de una universidad se cree que se perderá con rapidez en las islas- y su uso estándar tiene unos niveles de fragilidad que hacen dudar seriamente de su solidez. Incluso con pocas ganas de verlo, se ve claro que su garantía de futuro como lengua de prestigio está en la cuerda floja. ¿Entonces...?

El pacto tendría que basarse en la negación del uso político de la lengua. Por supuesto, no va a ser la intelectualidad quien evite que unos u otros cojan la bandera, la refrieguen por su florida retórica y la abusen sin escrúpulos. Pero podemos evitar caer en la trampa. Más allá de los Pujol o los Vidal-Quadras y sus rentables guerras, todos hemos chapoteado en el barro con una tal alegría que sólo ha servido para ensuciar la vida normal del idioma. Desde esta negación, e incluso desde la denuncia al uso partidista del catalán, también me parece evidente que si lo dejamos a su libre albedrío no podrá sobrevivir. Me duele el silencio de los otrora defensores de los derechos lingüísticos ante esta situación del catalán. Me duele el silencio de una intelectualidad comprometida que se movilizó con sorprendente agilidad -dada la lentitud de la bestia- a favor del castellano, pero que no ve necesario ni tan sólo reflexionar sobre el catalán. Mientras nos perdemos en los esperpentos al estilo del juicio a la Rovira, ¿dónde están esos mismos escritores, pensadores, intelectuales? ¿Van a dejar que el catalán agonice? ¿Van a continuar pensando que ello sólo es problema y patrimonio de la feliz pujolandia? ¿Van a continuar utilizando el idioma como ariete contra Pujol? Pacto de no agresión sobre la lengua. Y más aún: reflexión pública sobre su salud real, su viabilidad de futuro. El catalán no puede ser patrimonio de nacionalistas, convergentes o almogávares varios. Ya no puede permitirse el abuso político.

Queridos. Igual que escribir en castellano no implica que Marsé no sea un gran escritor catalán, hay un viceversa en el camino: el compromiso a favor del catalán es también obligación de lo castellano. Ya no valen excusas políticas: una cosa es combatir un régimen que no gusta y otra muy distinta es utilizar el idioma en el combate. Mea crítica, de unos y otros. No sólo para que vergüenzas como el actual juicio no se repitan. Sobre todo porque, mientras nos divertimos, nos vamos cargando al idioma.

Pilar Rahola es periodista y escritora. pilarrahola@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001