- 1. China. Ha pasado un huracán por el Grec, un huracán tranquilo: China Zorrilla. Actriz. Directora. Periodista. Mito nacional, transnacional. La China es inmensa. Esta mujer representa a un país, Uruguay, pero es muchos. Uruguay, desde luego, el Uruguay que acogió a la Xirgu, su maestra, y Buenos Aires, donde China llegó 'con la carrera hecha, a los 50', donde vive ahora. Y el Londres de la década de 1940, cuando fue a estudiar teatro a la RADA (Royal Academy of Dramatic Arts), y el París de la posguerra, y el Cannes de todos los festivales, y Nueva York. Y España, el Madrid de 1962, para representar, en pleno agosto, a Lope y Lorca. China ha interpretado, traducido y dirigido las obras punteras del repertorio clásico y contemporáneo. Yo sólo la conocía del cine: Esperando la carroza, una farsa casi berlanguiana, donde coincidió con otra ilustre visitante del Grec, la gran Cecilia Rosetto (que estará todo el mes de julio en el Principal con su intensísimo Rojo tango: pecado perdérsela), y, sobre todo, por su papel de la enfermera de vuelta de todo en Darse cuenta, con Beto Brandoni, otro monstruo. China Zorrilla: 80 años, que se dice pronto, y unos ojos y un corazón de 20, y un cerebro y una lengua imparables. 80 años y dos horas y cuarto en escena, sola y enorme, en el Convent de Sant Agustí. Dos horas y cuarto que podrían ser, tranquilamente, 6 o 25. ¡Qué contadora impresionante! China tiene el tono sereno, sin divismos, de quien no ha de demostrar nada porque ya lo demostró todo; de quien habla para tender puentes y recoger ecos. China, nuestra protoabuela soñada, habla como quien extiende sus recuerdos sobre la mesa, como cartas de truco, creando nuevas combinaciones a cada vez, nuevas figuras: jugando, en una palabra. De las mil historias que contó China retengo una. Una historia de Margarita Xirgu. La Xirgu en Salto, al norte de Uruguay, para un homenaje a Lorca; un homenaje íntimo, improvisado por el alcalde, el diputado comunista Enrique Amorín. En la compañía de la Xirgu están Closas, y Walter Vidarte, y China. Llegan a Salto, el homenaje es a las tres de la tarde. Un sol abrasador, el pueblo desierto a esa hora. Hay unas frases del poeta, escritas en un muro que mira hacia Argentina, hacia el Río de la Plata. Deciden interpretar la escena final de Bodas de sangre. Empieza la Xirgu, en el papel de la madre: 'Girasol de tu madre / espejo de la tierra / que te pongan en el pecho cruz de amargas adelfas...'. Llega la Xirgu al pasaje de los ayes ('¡Ay, qué cuatro galanes / traen a la muerte por el aire!') y todos se dan cuenta de que algo pasa. 'Margarita milimetraba sus frases, sus gestos. Pero aquella tarde sus ayes cambiaron. Siempre eran dos y sólo dos, como dos golpes. Aquella tarde fueron los ayes más desgarrados que nunca he escuchado. Lloraba. Gritaba. Se acercaron unos gauchos. Margarita seguía recitando delante del muro, bajo aquel sol. Los gauchos probablemente no entendían las palabras, pero quedaron mudos escuchándola. Y, al acabar, le dieron el pésame por la muerte de su hijo. Aquella tarde, en Salto, no era la Xirgu recitando Bodas de sangre; era Margarita enterrando, definitivamente, a Lorca, a su hijo'. P. D. China tiene en su repertorio una obra que ha interpretado cientos de veces, Eva y Victoria, de Mónica Ottino, sobre la amistad entre Eva Perón y Victoria Ocampo. Quiere representarla en España. ¿Qué promotor se anima a traérnosla en la próxima temporada?
China Zorrilla. 80 años y dos horas y cuarto en escena, sola y enorme, en el Convent de Sant Agustí. ¡Qué contadora impresionante!
- 2. Polaroids. El Lliure ha estrenado en el Grec, el que se perfila como uno de sus espectáculos de más éxito para el año próximo: Unes polaroids explícites ('Some explicit polaroids', 1999), de Mark Ravenhill, el joven autor inglés revelado con Shopping and fucking. La función no me vuelve loco, pero recomiendo el espectáculo porque está dirigido admirablemente por Josep Maria Mestres. Hasta ahora yo pensaba que Mestres era un gran director de comedias que no tenía la mano hecha para el drama, o para los cambios de tercio. Me la envaino muy gustoso: en su montaje todo fluye en vasos comunicantes; el humor, el drama, los conflictos, las explosiones de amor y desamor. En Polaroids, un hombre vuelve. Nick (Abel Folk: nunca ha estado mejor), un Rip Van Winkle de extrema izquierda regresa a la sociedad globalizada tras 15 años en la cárcel por secuestrar y torturar a Jonathan, un empresario (inquietante Josep Montanyès), siguiendo la teórica ('Cómete a los ricos') de Helen, su antigua amante, una ideóloga radical (Rosa Novell, tan soberbia como siempre), a la que encuentra reconvertida en concejal laborista y aspirante a diputada.
En la función hay dos historias, dos líneas, digamos, generacionales: 1) las relaciones de Nick con Helen y Jonathan, y 2) la zambullida de Nick en el mundo de los jóvenes: Nadia (Marta Marco), una stripper, Tim (Ferran Carvajal), un nihilista gay enfermo de sida, y Víctor (Quim Gutiérrez), un muchacho ruso que Tim ha comprado, vía Internet, para que sea su esclavo sexual. Para mi gusto, el trabajo de la compañía, de los actores, al completo está por encima de la obra. De Polaroids como texto me quedo con la franja de los séniores; sobre todo con la relación entre el capitalista y su enemigo. El capitalista que necesita, de algún modo, que Nick continúe siendo su enemigo para así sentir una emoción, un odio como una corriente eléctrica; ahí tenemos un buen tema, bien visto y bien llevado. Respecto a la franja juvenil, que el Señor me perdone pero me parece estar viendo a los bad boys de Shopping and fucking rociados con unas gotas de almíbar sentimental a lo Ana Diosdado. Hay emoción, pero también clichés, y mensajes con altavoz. Ravenhill dice que contempla a todos los personajes con la misma mirada, pero no le creo. En la primera parte, hace hablar a Nadia como un manual de autoayuda (y ahí Mestres subraya un poco en exceso la caricatura), y no me creo ni de lejos a Tim, en su lecho de muerte, soltando mensajes como 'I want communists and apartheid. I want the finger on the nuclear trigger. I want the gay plague', por citar sólo un ejemplo. No, Ravenhill no es David Hare ni Tony Kushner. La maravilla es que Marta Marco, Ferran Carvajal y Quim Gutiérrez (atención a este chico: es la revelación del montaje) hacen que nos olvidemos, a base de entrega, energía y talento, de esas polaroids juveniles, demasiado explícitas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001