La literatura de Enrique Vila-Matas siempre habita en las fronteras. Fronteras formales, porque es amigo de mezclar géneros, de convocar voces distintas de la suya propia, de enredar el hilo argumental con diferentes exploraciones hacia territorios que van más allá del estricto flujo de la narración. Pero también sus personajes y sus temas y las propias historias que cuenta tienen ese sello atípico de lo que no encuentra una localización precisa.
Basta saber, en este sentido, de lo que ocurre en El viaje vertical. Ahí tenemos al señor Federico Mayol como protagonista, un caballero ya jubilado que, poco después de celebrar sus cincuenta años de matrimonio, recibe la petición de su esposa de que abandone el hogar. Así lo hace, y poco después se ve embarcado en una sucesión de peripecias que literalmente le van cambiando una vida que, teóricamente y a esas alturas, en buena lógica debía tener más que encarrilada. La vida tranquila de un jubilado se precipita, pues, en un vértigo de destino incierto.
Lo primero que constata Mayol, hombre de negocios y nacionalista, es que Barcelona, su propia ciudad, empieza a resultarle inhóspita. Ya nada tiene que ver con lo que hasta entonces había sido. Así que se va a Oporto, en el país vecino, que no es nada más que la primera estación de un recorrido que lo lleva de allí a la isla de Madeira y, al final, a una extraña Atlántida.
Sea como sea, todos estos desplazamientos horizontales quedan eclipsados frente al verdadero viaje, el vertical. Y es que todo lo que no fue Mayol, todo lo que no terminó de ser por las sacudidas de su propia historia -marcada por la guerra civil-, empieza a ser posible por las múltiples nuevas vidas que le toca empezar a vivir.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001