Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

AVL

Desde que Eduardo Zaplana y Joan Ignasi Pla sellaron con un beso el acuerdo sobre la composición de la Acadèmia Valenciana de la Llengua (AVL) no ha cesado ni un solo minuto el malestar en las zonas más cavernosas de ambas orillas, como así era de esperar. Sin embargo, el ruido incluso parece más intenso que el que causaba esta fricción, ya muy amortiguada por la fatiga, el calendario y, sobre todo, la ley de uso, antes de alcanzar el pacto. El principio que inspiró este arreglo (que no era otro que alejar de la tentación política la tensión sobre la filiación de la lengua, confinarla a un holgado contenedor más político que científico y lacrarlo con la silicona del presupuesto) no ha satisfecho a las partes no representadas por los dos partidos mayoritarios. Ha dejado flecos, porque una ampliación del aforo de la AVL a 201 miembros atentaba contra su credibilidad, y sin embargo este formato hiper hubiese zanjado el embrollo para siempre. En el fondo, un conflicto que se creó con dinero (Abril Martorell) parece que no puede finalizar de otro modo que con más dinero. Del mismo modo que este pacto se preparó con no pocas subvenciones a algunas de las ciudadelas y custodios más reacios, se tenía que haber previsto un plan de ayudas y becas adicional a la AVL para atenuar la pesadumbre de los decuriones y la tropa hasta su jubilación, siguiendo los patrones aplicados en cualquier reconversión industrial. De lo contrario, lo más razonable era dejarlo pudrir. Recuerdo haber preguntado hace años a Zaplana en una entrevista cuánto nos iba a costar el pacto lingüístico, osadía que fue correspondida con una mirada muy taurina, primero, y, enseguida, con una contestación no menos torera y directa a la femoral: 'Es una pregunta mezquina, ruín. Quien mantiene eso desea que no se resuelva el problema. Hay algunos que han estado diciendo durante mucho tiempo que el pacto era necesario, y cuando es posible llegar a él, ponen sobre la mesa elementos desacreditadores para devaluar el pacto'. Por eso ahora sorprende que salga el presidente sacando pecho y asumiendo toda la responsabilidad sobre las retribuciones de los académicos, como si fuera por dinero. A estas alturas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001