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REPORTAJE

Línea directa Alpes-Pirineos

La segunda semana se presenta insuperable: cinco etapas de alta montaña separadas tan sólo por el día de descanso y traslado

El primer Tour del siglo XXI será diferente a todo lo conocido en el siglo XX. Será tan diferente que, de hecho, puede que acabe de una vez con el mito de las tres semanas. Como si la tercera sobrara, dedicada a etapas rompepiernas para escapadas descontroladas y una contrarreloj que pocas veces es decisiva para la victoria final. Será, y así lo han preparado dos de los que serán grandes protagonistas, Lance Armstrong y Joseba Beloki, un Tour de 14 días. Y, como decían los corredores que sufrían los primeros tours, como si hubiera sido diseñado por un sádico.

La primera semana girará alrededor de la contrarreloj por equipos. Sesenta y siete kilómetros el primer jueves. El día clave tácticamente. Quien consiga el maillot amarillo (¿Beloki? ¿Ullrich? ¿Armstrong?) llegará a la montaña con la ventaja de poder jugar a la defensiva. Es tan importante este detalle que es uno de los datos clave para que Beloki, que en 2000 perdió 2,16 minutos con respecto al ONCE en la crono por equipos, decidiera fichar por el equipo de Manolo Saiz. Es uno de los motivos, también, por los que el vitoriano y el americano han arriesgado este año para llegar al Tour al 100% o más de su forma.

El resto de la primera semana serán días de peligro. Gran parte de las 500 rotondas, aproximadamente, que bordearán este año esperan los primeros días, más peligrosas con el pelotón más nutrido, y con los ciclistas más frescos. Y cuando no son rotondas son etapas de peligro intrínseco, como la tercera, que de Amberes a Seraing transita por parte de sus 200 kilómetros por carreteras de la Lieja-Bastogne-Lieja; o como la séptima, entre Estrasburgo y Colmar, 160 kilómetros de dura media montaña con cinco puertos en los Vosgos. Días de tensión y agotamiento psicológico para los equipos que quieren dominar la carrera: no podrán permitir ninguna escapada al no haber establecido aún la montaña una jerarquía entre importantes y gente del montón.

La segunda semana no tiene días más y días menos. No tiene días. Es una mole y dura de martes a domingo: Alpes y Pirineos de una sola tacada. Dos días en el primer macizo y tres en el segundo. Cinco finales en alto. Uno tras otro, aunque con un día de descanso (teórico) y traslado (real) en avión: más fatigoso que un puerto. Días de dudas, de tensión. Los odian los ciclistas.

En los Alpes, el Alpe d'Huez (pero no un Alpe d'Huez cualquiera) y una cronoescalada (la gran apuesta de Armstrong y su pedalada ligera; la gran apuesta de Beloki y su pedalada ligera).

Por una vez en los últimos años, el día del Alpe d'Huez no se reducirá a las 21 curvas inversas (y sádicamente) numeradas, de la 21ª a la 1ª, durante 14 kilómetros. Antes, igual que el 1990 de Indurain abriéndole camino a Perico, dos superpuertos tremendos: la Madeleine y el Glandon. Setenta y cinco minutos de ascensión para cada uno, por lo menos, y eso los buenos. Terreno táctico. Gente por delante para los valles. Gente por detrás para ayudar a sufrir. La cronoescalada son 18 kilómetros de ascensión al 7% después de un falso llanear durante 14 kilómetros. Hay quien dice que de los Alpes saldrá escrito medio Tour; hay quien dice que no, que llegan los Pirineos.

Los Pirineos son tres etapas de viernes a domingo y tres llegadas en alto. Los clásicos Pla d'Adet y Luz Ardiden y el nuevo Plateau de Bonascre. Con ellos, siete puertos de primera y el gigante Tourmalet.

Tres etapas para una tragedia. La primera, aquella que dicen que no es más que un aperitivo pirenaico, media montaña con final en alto. La segunda, la más tremenda, la número 13, la del sábado 21. La tercera, la que pasa por el Tourmalet.

Aquel día, dicen los abogados del Tour corto y concentrado, acabará la carrera. La última semana será la de los pobres, la de aquellos asombrados, incapaces ante tanta montaña, que podrán, por fin, jugar sus bazas mientras los importantes se vigilan, esperan no desfallecer y dejan pasar el tiempo queriendo llegar a un lejano aún París.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001