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CRÓNICA

Sigue siendo el rey

Reapareció el rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza después del batacazo que se pegó en la pasada feria de San Isidro con resultado de fractura y forzosa convalecencia, y venía igual que antes, desbordado de fantasía y mandando en plaza. O sea, que sigue siendo el rey.

No es que fuese esta tarde pamplonesa una reaparición en sentido estricto: antes ya había toreado en Algeciras y en Barcelona. Mas aquí, en una feria de campanillas y ante su gente, procedía que Pablo Hermoso de Mendoza afrontara el compromiso crucial de demostrar al planeta táurico que no ha perdido facultad alguna. Y esa prueba la superó con creces.

Vino Pablo Hermoso de Mendoza pletórico, acometiendo sorprendentes alardes, creando nuevas suertes en el curso de sendas actuaciones brillantísimas, prodigiosas por las técnicas toreras y ecuestres que desplegó en acabada conjunción y por la aparente espontaneidad y riqueza creativa que emanaban de todas sus intervenciones.

Murube / Hernández, Bohórquez, Hermoso

Toros desmochados para rejoneo de José Murube, varios flojos, todos prontos y nobles, dieron juego Leonardo Hernández: rejón contrario bajo, rueda de peones y, pie a tierra, descabello (palmas); rejón trasero y otro también trasero descordando (aplausos y salida al tercio). Fermín Bohórquez: rejón traserísimo, pinchazo y otro descordando (vuelta); rejón caído (silencio). Pablo Hermoso de Mendoza: rejón traserísimo caído, dos rejones traseros, pie a tierra dos descabellos, y se echa el toro (palmas); rejón ladeado (dos orejas); salió a hombros por la puerta grande. Plaza de Pamplona, 6 de julio. 2ª corrida de feria. Lleno

El reinado de Pablo Hermoso de Mendoza, glorioso e indiscutible, carece de precedentes y sus particulares circunstancias requieren un concienzudo estudio aún no abordado por la ciencia, que debería tener en cuenta diversas consideraciones. El rejoneo (se menciona aquí a título de ejemplo) lo tenían dominado los jinetes andaluces, precisamente porque disponen de una vasta estructura material e incluso sociológica para ensayar y practicar el toreo a caballo. Grandes fincas, ricas cuadras, servidumbre leal y el señoriteo impune han venido estando a su disposición durante centurias. Y, sin embargo, he aquí que llega un jinete navarro, se los pone a todos por montera, revoluciona el rejoneo y abre la más imaginativa y floreciente época del llamado arte de Marialba.

Brilló Pablo Hermoso de Mendoza con el mítico Cagancho frente al tercer toro -cites en corto, espectaculares pasadas- pero cuando deslumbró de verdad fue en el sexto, primero montando Chicuelo, con el que giraba suave y armónicamente en la cara del toro tras banderillearlo, y después jinete del tordo Danubio, realizando fastuosos trenzados de bellísimas evoluciones mediante las que mantenía vivo el celo del toro, templaba sus embestidas y prendía banderillas haciendo la reunión al estribo, según mandan los cánones.

El resto de la mal llamada corrida de rejones pertenecía a otra concepción del arte. En realidad, nada tenía que ver con el arte, dicho sea acentuando la franqueza. No es que estuviesen mal los rejoneadores; antes al contrario ensayaron meritorios lances, con seguridad y aplomo Fermín Bohórquez al banderillear, muy lucido Leonardo Hernández sobre todo cuando corría la embestida del toro que abrió plaza cabalgando a dos pistas por el tercio completo del redondel.

No obstante, se trataba de lo de siempre, no había sorpresas, a veces entraban los rejoneadores en la monotonía, para arrancar aplausos recurrían a los sombrerazos que, evidentemente, nada tienen que ver ni con el toreo ni con el mentado arte de Marialba. Y, por añadidura, los dos descordaron a uno de sus toros respectivos, por esa inclinación que tienen casi todos a meter violento y trasero el rejonazo, con lo cual lo más probable es que le partan al toro el espinazo.

Toro de repente desplomado y tetrapléjico es una imagen repulsiva que no encaja ni en el arte de Marialba, ni en ninguno, ni se justifica de ninguna manera. Ahora bien, en la fiesta se dan mucho estos esperpentos, a los que se resta importancia por el conocido procedimiento de mirar para otro lado. ¿Caen descordados los toros? Mala suerte. ¿Se caen cual si estuviesen enfermos o drogados? Pues se disimula. Y si alguien pretende tomar medidas para evitar males mayores, se le acusa de enemigo de la fiesta, y en paz. O a por él; que de todo hay en ese mundillo proceloso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001