Aprendí a respetar la homosexualidad mucho antes de que la palabra gay entrara en el vocabulario popular como alternativa dignificante al término 'maricón'. Puede que ahora resulte menos meritorio, pero en aquellos tiempos de cerrazón y machismo casposo, reclamar un tratamiento igualitario para quienes optaban por otra alternativa sexual constituía una rareza que te ponía bajo sospecha. Nunca me importó, a pesar de que cuando era chaval tuve que repeler a algún que otro tipo que trató de aprovecharse de la ingenuidad y la ignorancia en que nos tenían sumidos los educadores de entonces. Escuchar a un señor con sotana demonizar los tocamientos impuros cuando después le pasaba la mano por el culo al primer crío que pillaba en la escalera contribuía bien poco a espantar los fantasmas.
Siempre defendí, no obstante, que la intimidad era un territorio sagrado y que cada cual era muy libre de escoger su identidad sin que nadie tenga el menor derecho a recriminárselo. Hago esta precisión con el objeto de criticar libremente algunos aspectos de la manifestación gay del pasado domingo sin que me atribuyan prejuicios que nunca he tenido. Entiendo que el primer objetivo de los organizadores de la marcha era hacer visible el poder emergente de los homosexuales, conjurando cualquier tentación de considerarles un colectivo anecdótico y pintoresco que sobrevive en condiciones de semiclandestinidad. En este sentido, es innegable que el festival sobrepasó las expectativas más optimistas, al constituir un éxito de convocatoria y resonancia en los medios de comunicación. Sin embargo, con ser importante, no es ésta la única finalidad que persiguen quienes articulan el movimiento gay.
Ellos reivindican el matrimonio civil entre homosexuales, el derecho a adoptar hijos, la gratuidad en la inseminación artificial y el cambio de sexo, y, sobre todo, políticas educativas que eliminen tabúes y complejos. Demandas en algunos casos extremadamente polémicas, pero que están plenamente legitimadas para defender con uñas y dientes. Albergo, sin embargo, muchas dudas de que la mejor forma de abogar por asuntos tan serios sea dando la imagen que proyectaron el pasado domingo ante la opinión pública. Disfrazarse de Drag Queen, salir con el trasero al aire, o escenificar públicamente una comida de morros con sobo recíproco de paquetes puede resultar muy divertido, pero contribuye bien poco a la causa. Al final, lo que trasciende a la sociedad es que los gay son una banda de pirados a los que no hay que tomar demasiado en serio y mucho menos confiarles una criatura. Puedo asegurar que ésta es una valoración profundamente injusta.
La mayoría de los homosexuales que conozco son personas sensibles, cultas y responsables. Ningunos de ellos reniega ni oculta su condición sin necesidad de comportarse como unas locas. Esto que les cuento podría quedarse en una apreciación personal si no fuera porque los datos estadísticos lo certifican. Según una encuesta reciente, los homosexuales leen mucho más que la media, viajan y acuden al cine y al teatro con mayor asiduidad, y se gastan más dinero en su aseo personal. Me consta que a casi todos les repatea verse representados por unos tipos emplumados como gallinas, con los que no se identifican en lo más mínimo. Es la misma sensación que les produce la aparición en televisión de personajes que convierten su condición de homosexual en un espectáculo burlesco. Hartos de aguantar chistes de mariquitas, han de soportar ahora la figura del homosexual incorporada a los programas de televisión en calidad de bufón. Se trata del mismo papel que enanos y deformes desempeñaban antaño en los salones palaciegos para mofa y divertimento de los cortesanos. La dignidad y el respeto son condiciones prioritarias para defender cualquier derecho y es evidente que muy poco pueden avanzar en este campo mientras les tomen a coña. Se calcula que en España hay más de tres millones de gay y lesbianas, lo que les convierte en una fuerza electoral y económica de primer orden para hacer valer sus derechos ante el resto de los ciudadanos. Por fortuna, cada día son más los homosexuales cuyo mayor orgullo es defender su identidad como una opción legítima, incorporándola cuanto antes a la normalidad. Lo demás son mariconadas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001