Aún recuerdo el día en que, recién comenzados mis estudios universitarios en la ciudad, discutíamos mis compañeros de piso y yo sobre los gustos musicales de cada uno de nosotros. A mí se me escapó una frase del alma que sigo manteniendo todavía hoy pese a la podredumbre ambiental: 'La música es una de las pocas cosas serias sobre las que se puede hablar'. Siempre me ha gustado la música, y siempre me ha gustado, sobre todo, investigar sobre ella. En esa investigación -que no es otra cosa que autodidactismo emotivo-, mis gustos y mis instintos siempre se han dirigido hacia las raíces de varios estilos; pero esa dirección ha chocado y sigue chocando con los circuitos comerciales. Es decir, para llegar a un J. J. Cale, a un Turronero o a una Billie Holliday, por ejemplo, recurría a programas especializados o a consejos de 'locos especialistas'. De los primeros, muchos han desaparecido (¿qué fue de El maquinista de la General?) y la bendita locura también está en fase terminal.
La música es un encuentro de almas, la de los músicos y la del oyente (es éste el sentido al que más afecta). Pero hoy es más que nunca una mera transferencia bancaria. ¿Quién crea? ¿Quién investiga? ¿Quién no se doblega a las ventas? Muy pocos, en comparación con el maremágnum panorámico y con la accesibilidad a la que lleva el pirateo. Encima, los medios de comunicación quieren hacer pasar por grandiosos trabajos comerciales repetitivos y efímeros. Y encima, los músicos 'coherentes' dejan de serlo -algunos, por fortuna, poco tiempo-, provocando naufragios entre sus seguidores. Los que menos gozarán de personales privilegios musicales son los neófitos desorientados -muchísimos-. Y todo, creo, procede de un actual concepto erróneo del tiempo: 'Sólo se vive una vez, ¿para qué ir más allá de lo que oyen los demás?, ¿por qué ir más allá de los cómplices pálpitos del disc jockey, auténtico director de marketing de los orgasmos noctámbulos, o de una emisora con política de inmersión lingüística?'. Pues, precisamente por eso: porque sólo se vive una vez y las musas nos visitan en tan pocas ocasiones...-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001