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CARTAS AL DIRECTOR

Cola de inmigrantes

Son las diez de la noche. Acompaño a un amigo que tiene que gestionar sus papeles para conseguir la residencia. Nos encontramos con una cola de aproximadamente 250 metros, en hilera de a cuatro personas. Debíamos esperar hasta las nueve de la mañana, hora en que abría la oficina, sin la seguridad de ser atendidos.

El ambiente que se respiraba era de tensión, desconfianza con respecto a que alguien tratara de incluirse en la cola sin respetar los turnos. Estar vigilante y alerta era la consigna, aun cuando el sueño acechaba. Muchos adolescentes habían puesto revistas en el suelo y avisaban de que pertenecían a supuestos ciudadanos; en realidad comprobé que se trataba de un negocio, pues vendían esos puestos en la cola, por los que se abonaron de 3.000 a 6.000 pesetas. Era una banda que también tenía gente ocupando lugares que luego serían vendidos. Si alguien protestaba por este procedimiento, era intimidado y amenazado. Avanzaba la noche, grupos de sujetos acosaban o molestaban a mujeres que llevaban largas horas de espera, más de una riña se produjo al reaccionar madres en defensa de sus hijas u hombres en defensa de su compañera.

La organización brillaba por su ausencia. Si alguien deseaba ir al lavabo, sólo era posible pagando una consumición en algún bar.

Por fin llegó la mañana. Desganados policías recorrían la cola y escuché el comentario de uno de ellos: 'Usted, con ese físico, debe haber pagado mucho dinero para conseguir un certificado de salud', el aludido miraba al suelo con rabia y no contestaba. En otro momento un policía dijo: 'Esto lo hubiese arreglado Franco en dos días'. La mejor respuesta ante esta provocación era el silencio.

Son las nueve de la mañana.Para la gente de la puerta 1 hay cuatro empleados que tienen la tarea de atender a los cientos de inmigrantes que esperan, algunos más de 14 horas. El proceso es lento, cada caso es diferente, no se ha previsto un sistema ágil, parece que la tecnología se hubiese detenido en la puerta.

En la calle la tensión va en aumento, pues hay gente que quiere infiltrarse en la cola al ver que las horas pasan; a las seis de la tarde termina la atención y no podrán iniciar su trámite. El amigo al que acompañé pudo pasar a las seis menos cuarto, luego de casi veinte horas de espera. No tuvo suerte, pues le faltaban papeles.

El espectáculo pasadas las seis de la tarde fue bochornoso. Decenas de personas indignadas exigían que se les atendiera o se les respetara su turno para el día siguiente. La respuesta fue la aparición de policía montada que disgregó a los inmigrantes. Sentí vergüenza ajena. Éstos son los hechos. A quien corresponda, en defensa de los derechos humanos se deberían arbitrar medidas que respeten a estas personas, que se sientan acogidas y no maltratadas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de julio de 2001