Durante los 152 kilómetros que separan mi domicilio de la piscina municipal de L'Espluga Calba, en la comarca de Les Garrigues, recuerdo las palabras de Manel Mas, miembro de la Federación de Municipios de Cataluña: 'Quizá tengamos que traer a socorristas latinoamericanos, como hace el Ministerio de Defensa con los soldados profesionales'. En efecto, serían necesarios 1.500 socorristas más de los que hay actualmente para atender la seguridad de las piscinas públicas (aproximadamente unas 3.000) y poder cumplir con la legislación. Aprobar leyes de imposible aplicación es una de las costumbres más curiosas de este país. Por culpa de este peculiar criterio administrativo, muchas piscinas carecen de la debida cobertura de seguridad o permanecen cerradas. Algunos han optado por importar a los socorristas y han recurrido, como decía Mas, a titulados argentinos. O, como en L'Espluga Calba, a un socorrista extremeño.
Pero empecemos por el principio. Esta etapa del viaje comienza, al igual que la película El crepúsculo de los dioses, con un cadáver en una piscina. No es William Holden, ni un personaje de ficción, ni Hollywood, sino una niña de verdad, de 10 años, africana, llamada Coquete, ahogada en un pueblecito leridano. Está pasando unos días en casa de unos amigos. Hacia las 12.00 horas del 29 de junio, cuando se baña en las piscinas municipales de este pueblo de casi 500 habitantes, sufre un accidente. No hay socorrista, sólo un encargado, que, al enterarse, se lanza desesperadamente al agua sin conseguir reanimarla. ¿Corte de digestión? ¿Golpe en la cabeza? Qué más da.
Minutos más tarde, la consternación cae sobre L'Espluga. El alcalde, Salvador Amat, admite haber vulnerado la normativa. Cuenta que decidieron abrir a la espera de que se resolviera la cuestión del socorrista porque una de las pocas distracciones posibles aquí son las piscinas. Llevan 10 años abiertas sin que nunca haya ocurrido nada, dice todo el mundo para combatir el impacto. El Ayuntamiento se hará cargo de los gastos y acatará las decisiones judiciales que puedan emprenderse, informan los periódicos de aquellos días. Tras el cierre provisional, aparece un socorrista extremeño, Óscar Revillo, que se ofrece para cubrir la vacante. El consistorio, a la espera del fallo judicial, vuelve a abrir las instalaciones. ¿En cuántos pueblos no habrá ocurrido algo parecido? ¿Cuántos alcaldes se habrán encontrado ante la disyuntiva de abrir unas instalaciones al servicio de los habitantes sin poder resolver la cuestión del socorrista o quedarse sin una de sus principales atracciones? Además, ¿existe la seguridad total? Aquella misma semana, en el parque Aqualeón de Albinyana, un niño fallecía pese a los esfuerzos del socorrista que intentó rescatarle.
La destartalada carretera que lleva hasta L'Espluga Calba atraviesa un paisaje de secano con grillos y viñedos castigados por el sol y pueblos como Tarrés, Fulleda, con sus propias piscinas y zonas polideportivas. En la entrada de L'Espluga, unos carteles informan del hermanamiento de la villa con Cosne d'Allier, en Francia, y de los principales atractivos turísticos del municipio: un castillo del siglo XIII y una iglesia del XVIII. Las piscinas abren a las once de la mañana. Junto a la puerta, unas semanas después de los tres días de luto oficial, cuelgan dos pósters con consejos prácticos para evitar ahogamientos acuáticos, información sobre actos culturales y un pequeño anuncio que ofrece un Peugeot de segunda mano. El encargado barre mientras el socorrista acaba su desayuno. Precio de la entrada: 300 pesetas.
Aparentemente, la normalidad es total. No debe de ser fácil para una pequeña comunidad superar un mazazo como una muerte que, por lo menos en su aspecto legal, se produce bajo la sospecha de negligencia. Los altavoces situados en la parte superior del edificio escupen una sucesión de ritmos discotequeros que contrastan con la calma general. Las piscinas son dos. La grande, rectangular, y una pequeña, redonda y para niños con, en el fondo, un mosaico de dos delfines jugando con una pelota. Alrededor de las instalaciones, un parque infantil con columpios, un campo de balonmano y un surtidor de gasolina Petrocat. Y, cual faro de secano, el campanario de la iglesia y, en general, cierto tufillo a abono. Alrededor del agua, una ducha y una extensión de césped. La limpieza de los servicios deja bastante que desear.
La ducha, en cambio, permite librarse del sopor de, en mi caso, dos horas de viaje. Me meto en el agua. Observo el sauce, arrinconado, la terraza de la cafetería, con una reja de plástico de color naranja, miro los pasos del socorrista, que limpia la superficie de insectos y hojas. Nado. Llega más gente. Dos matrimonios con hijos. Se saludan. Me miran de reojo. Quizá sospechen la verdad: que soy un buitre de la canallesca que ha venido a fisgonear. Los niños se duchan, corretean por el césped y se tiran al agua. Bucean y hablan con el socorrista. 'Aquí me cubre', le dicen. Luego se ríen.
Uno de los adultos dice, mirando el cielo: 'El dia, fatal. Però l'aigua, boníssima'. Es verdad. Se nota un poco el cloro, pero la temperatura es perfecta. Las nubes tapan el sol. Me seco. Recojo mi toalla y mi mochila y me marcho, algo avergonzado por mi visita, probablemente inútil, probablemente morbosa. Paso por delante del bar Casa Nostra, frente a la parada del bibliobús, pero no entro, quizá porque un perro me mira con cara de no ser el mejor amigo del hombre. Ha sido un accidente, concluyo, y recuerdo las estadísticas: la segunda causa de mortalidad infantil es el ahogamiento. Cuando ya no puedan dictar normas y leyes imposibles de llevar a cabo, ¿qué harán las autoridades? ¿Pondrán un cartel en las entradas de las instalaciones en las que se lea que las piscinas perjudican seriamente la salud o, como ocurre en algunos parques de entretenimiento infantil, obligarán a los padres a firmar un documento por lo que pueda ocurrir? Los mejores socorristas son los padres, sospecho, y me pregunto qué cara pondrían los padres de Coquete al enterarse de la noticia. Y subo al coche, otro extraño, peligroso y mortal invento.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001