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Reportaje:Estampas y postales

Ramas de almez

Hace apenas unos siglos, lo primero que tenía que hacer alguien que tuviera pretensiones profesionales de profeta era buscarse un buen almez y seleccionar su rama más imponente para confeccionarse un báculo. Entonces ya había resuelto la mitad del trayecto que pensaba recorrer. Cualquier quimera que pasara por su cabeza, por disparatada que fuera, quedaba revestida de solemnidad y solvencia con la sola presencia de esta vara, que a lo largo de milenios había acompañado por caminos polvorientos a toda suerte de hechiceros, arúspices e iluminados. Ya sólo tenía que encontrar un foro confundido por los acontecimientos, agitarla convenientemente y luego inyectar, según fuera su especialización, el terror o la esperanza a la concurrencia. O por lo menos, tratar de enganchar a un incauto con recursos atacado por el ansia y la duda para exprimirle la bolsa.

Los profetas más infalibles han construido su prestigio con una rama de almez. Éste es un árbol emparentado con los olmos que puede vivir hasta 600 años y puede alcanzar una altura de unos 20 metros. Se encuentra en sitios frescos y resguardados, y los científicos lo denominan celtis australis. Aparte de exquisita madera para visionarios produce unas drupas comestibles, llamadas también almecinas o lledons, con las que se preparaban algunos dulces ricos en vitamina C, hierro y potasio. Pero el profeta que se preciara las comía crudas para profundizar en su sistema de percepción y robustecer su capacidad de análisis sobre el futuro. Sin embargo, los curanderos laicos las administraban para aplacar diarreas y disenterías por su alto contenido en taninos.

Los labradores también buscaron virtudes pías en esta madera para confeccionar los astiles de sus aperos y para fijar taludes y márgenes con sus raíces. La consistencia del almez, unida a los instrumentos de hierro, facilitó los trabajos más mortificantes en el campo, al tiempo que esculpía unos jeroglíficos de callos muy complejos en las palmas de las manos. En muchos mangos de azada muy pulimentados y arqueados por el uso está toda la espiritualidad del cuerpo lacerado de Jesús el Nazareno, incluso la consunción de Gandhi envuelto en su sábana blanca.

Asimismo, los pastores siempre prefirieron estas ramas para sus bastones, puesto que suponían un transmisor natural de las órdenes muy eficaz para los rebaños, y en el interior de los bares y casinos rurales el cayado de almez alcanzó el grado de interlocutor en las tertulias, mientras el seis doble estallaba sobre el mármol. Ésta es una madera ascética, fina y flexible a la vez, lo cual, lejos de ser una contradicción, constituye una síntesis vegetal de extremos estéticos y morales. Quizá por eso algunos corredores de bolsa buscan penitencia en esta madera y se convierten en artesanos de cayados con la esperanza de no quedar relegados en el limbo de un juzgado.

Pero entre nosotros el almez ha quedado casi reducido al uso ornamental, como ocurre con uno de los ejemplares más singulares de esta tierra, que se encuentra en uno de los márgenes de una casa de campo de Banyeres de Mariola. Esta escultura vegetal ha quedado degradada a seto. Es una honda metáfora de los tiempos que corren. Hoy los profetas han sustituido el almez por una rama cibernética llamada Internet, por eso ya no dan ni una. El efecto 2000 y otros pufos como la burbuja bursátil de la nueva economía lo corroboran.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2001